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Análisis a la desescalada (parte 2):
Lecciones de la peste de Londres aplicables al Covid-19

  • Daniel Defoe, autor de Robinson Crusoe, escribió tras el brote de peste y tifus exantemático de 1665 una 'guía' para una pandemia
  • Isaac Newton se enfrentó a aquella epidemia aislándose en el campo y no hizo caso cuando las autoridades recomendaron volver
  • Los políticos de entonces también empezaron minimizando el problema, ocultaron información, falsearon a la baja las cifras, tardaron en reaccionar, retiraron muy pronto las medidas, primaron la economía... con un trágico resultado.

01 mayo, 2020

Eduardo Costas.
Catedrático de Genética de la UCM.
ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA NACIONAL DE FARMACIA
Victoria López Rodas.
Catedrática de Genética de la Universidad Complutense.

Nos preocupa saber que pasará durante la desescalada. Y después.

Aunque parezca increíble, el célebre autor de Robinson Crusoe, Daniel Defoe, tuvo, hace más de 300 años, buena parte de las claves que esperamos nos inviten a todos a reflexionar.

Defoe, además de ser considerado el “padre de todos los novelistas ingleses” (escribió 3 docenas de interesantísimos libros), fue también un prolífico periodista. Durante más de una década (1703-1714) publicó 3 números semanales del periódico “Review”, que llegó a alcanzar una gran reputación entre los comerciantes burgueses. Durante ese tiempo, él mismo escribió todos y cada uno de los artículos del periódico: era su único empleado.

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Después de eso se encerró a estudiar dos libros esenciales sobre la peste: el “Ensayo sobre las diferentes causas de las enfermedades pestilentes y como se tornan contagiosas” del doctor John Quincy, y “Loimología, la narración histórica de la peste de Londres” del doctor Nathaniel Hodges.

Porque Daniel Defoe, ya viejo para los estándares de la época, quería escribir su obra más relevante: una crónica sobre la peste. Llevaba décadas pensando en ello. En 1665, mientras Daniel Defoe era niño, se había desatado un brote de peste en Londres. El problema se agravó cuando, al poco tiempo, empezó también otro brote de “tabardillo pintado” (tifus exantemático).

La descomunal tragedia que se produjo dejó una honda huella en Defoe.

Además de sus recuerdos, Daniel Defoe contaba con una crónica rigurosa de la peste londinense: el minucioso diario que llevó su tío, Henry Foe.

Con su libro muy avanzado, parece ser que Defoe recibió noticias de un nuevo brote de peste en Marsella. Entonces se apuró a publicarlo. Era el año 1722. Defoe esperaba que su obra podría ser una guía para lo que se avecinaba.

¿Es posible aprender de lo que pasó hace 350 años?

Sin duda la crónica de Defoe, el diario de su tío y los diversos documentos de la época carecen del rigor de los documentos actuales. Probablemente puedan ser reinterpretados, a la vista de nuestro actual conocimiento, lejos de su sentido original. A fin de cuentas, como dijo John Steinbeck, que al principio de su carrera participó en expediciones científicas, “las historias siempre utilizan los ornamentos de la apariencia de la verdad”.

Pero, sorprendentemente, el libro de Defoe “A Journal of the Plague Year”, unido a los muchos datos existentes sobre el brote de peste y tifus exantemático londinense, puede ayudarnos a entender lo que nos puede pasar.

Al igual que hoy en día, los políticos de aquel tiempo empezaron minimizando la importancia del problema. Ocultaron información. Falsearon, a la baja, las cifras. Dejaron pasar un tiempo precioso sin hacer nada…

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De tal engaño se dieron cuenta los clérigos, que de aquella se contaban entre las personas más ilustradas de la población: aunque las cifras oficiales recogían pocos muertos, éstos religiosos habían multiplicado las celebraciones de entierros y funerales. En los barrios menos afectados solían triplicar el número de oficios de difuntos con respecto al mismo mes del año anterior. Pero en las zonas más afectadas por la peste y el tifus exantemático se pasó de treinta y tantos funerales a más de mil.

Moría mucha más gente de lo que reflejaban las cifras oficiales. Y al igual que hoy, una buena manera de estimar correctamente los muertos por la enfermedad es comparar el número de fallecidos actuales con los que fallecían en el mismo mes de años anteriores.

Del mismo modo que hoy en la pandemia del SARS-CoV-2, los médicos y sanitarios londinenses lo hicieron mucho mejor que sus autoridades y representantes económicos.

Advirtieron de la gravedad de la situación, e incluso algunos propusieron que la mejor solución era abandonar la ciudad. Dispersar la población en grandes áreas del campo, lo más separados unos de otros que fuera posible. Se propuso dar “tiendas de campaña” a los que se marchasen al campo.

Pero, para poder salir de Londres hacía falta un “certificado de salud”: un individuo conseguía el salvoconducto para viajar solo si estaba aparentemente sano, conservaba la salud durante un período de cuarentena y no se habían detectado enfermos en un área determinada alrededor de donde vivía y trabajaba. Muchos de los que consiguieron el permiso abandonaron Londres.

Un joven Isaac Newton -que con el tiempo llegaría a ser considerado el mejor científico de la historia- pensó mucho sobre el tema. Encontró que la mejor solución era aislarse en el campo, y así lo hizo. Fue consecuente: consiguió el permiso y se fue a una aislada granja en el campo. Allí se encerró trabajando, entre otras cosas, en la ley del inverso del cuadrado de la distancia, en el desarrollo de las bases de la mecánica clásica, en la naturaleza física de los colores y en la generalización del teorema del binomio.

Al poco tiempo tanto la peste como el tabardillo pintado empezaron a remitir.

La preocupación por la economía

Pero entonces, como hoy en día, surgió la preocupación por la economía. Los líderes empresariales de aquel tiempo estaban preocupados por el colapso de la producción. Los obreros y artesanos tenían que volver cuanto antes. Además, ya había claros indicios de que la situación mejoraba. Traducidas sus palabras al lenguaje actual, ya se estaba “doblegando la curva”.

Buena parte de ellos no obraron honorablemente. Tenían anillos con un diamante engarzado. Y estaban seguros de que el diamante les protegería de la peste. Era lo que se aseguraba en aquel tiempo. Por supuesto sus siervos y operarios no los tenían.

Los políticos cedieron. La gente volvió. Se reactivó la economía. Y todo pareció volver a lo de antes.

Por el contrario, Isaac Newton no hizo caso y siguió bien aislado en su granja. Por lo visto recomendó a todos los que quisieron escucharle que siguiesen alejados de la ciudad. Comunicó en su universidad que tardaría en volver.

Porque el peligro estaba en volver demasiado pronto. La peste y el tabardillo podrían reactivarse. La economía podía esperar. Mejor ser pobres que estar muertos.

El pensamiento de Newton no sirvió de mucho

La peste se reactivó.

Londres quedó arrasado en una de las mayores tragedias de la historia. No se daba abasto a quemar los cadáveres a centenares…

Entonces sí que colapsó la economía.

Los políticos de hoy y los de hace 350 años

La actuación de los políticos británicos de hace 350 años recuerda mucho a la de la mayoría de los políticos actuales: minimizar los afectados, tardar demasiado en tomar medidas, retirarlas muy pronto, primar la economía sobre la salud… Y empeñarse en volver a “lo de antes” lo más rápido posible, asumiendo un elevado nivel de riesgo.

En este sentido, el Dr. Christian Drosten, -el principal asesor de Angela Merkel en el COVID-19- y, a tenor de las cifras de la pandemia en Alemania, uno de los técnicos que mejor han hecho su trabajo en todo el mundo, está recibiendo demoledoras críticas por parte de algunos dirigentes empresariales que rechazan su lenta desescalada. Incluso ha recibido varias amenazas de muerte que le han llevado a necesitar protección policial.

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En los años 60 del pasado siglo, Isaac Asimov, el gran maestro de la ciencia ficción, imaginó el futuro de los seres humanos: vivirían en un total confinamiento social. Sumidos en la soledad, apenas tendrían relaciones presenciales, tele-trabajarían, utilizarían sofisticados filtros en la nariz y la boca, guantes, ropas desechables teniendo que lavarse con potentes desinfectantes, extremarían al máximo sus cuidados en alimentación, llevarían estilos de vida saludables… Todo ello para poder sobrevivir en un mundo en el que los potenciales patógenos acechaban.

No le costó imaginar semejante escenario: por aquel entonces era profesor de bioquímica en la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston y sabía del tema. Sesenta años antes de que ocurriese, Asimov había acertado prediciendo nuestra vida en los peores tiempos del COVID-19.

Varias décadas más tarde, el mundo que imaginó Stephen Hawking fue mucho peor: probablemente una pandemia global nos acabaría llevando a la extinción.

Se supone que somos inteligentes. Podemos escoger. Y hacerlo bien. Hemos desarrollado las matemáticas de la teoría de juegos para valorar cuanto riesgo debemos correr.

Tal vez resulte conveniente recordar que, volver a “lo de antes” demasiado pronto es la mejor manera de que la humanidad termine viviendo en el mundo imaginado por Isaac Asimov. Y que aumenten las posibilidades de acabar en el mundo imaginado por Stephen Hawking.

Nos preocupa una desescalada. Nos preocupa que nuestro asesor sea el doctor Fernando Simón, que tanto se equivocó al principio.

Personalmente nos fiamos mucho más de Sir Isaac Newton.

¿Quien no?

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