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Análisis: las pandemias que vendrán…
si no cuidamos la Tierra

  • Las cosas están peor de lo que la mayoría piensa. COVID-19 es la punta del iceberg de un problema global mucho más preocupante
  • Aún no sabemos cuantas especies hacen falta para que la Tierra funcione. Ni cuáles son. Y estamos siendo muy irresponsables
  • Los virus, que han sobrevivido milenios en un animal, ven a su hospedador en peligro de extinción por el cambio global, y se 'mudan'
  • Durante los últimos 20 hemos liberado más CO2, destruido más hábitats y extinguido a más especies que en 250.000 años de historia 

02 abril, 2020


Eduardo Costas.
Catedrático de Genética de la UCM.
ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA NACIONAL DE FARMACIA

Según la mitología griega, Casandra era una princesa troyana de singular inteligencia y belleza. Por encima de todo buscaba el conocimiento. Prendado de ella, el dios Apolo le hizo una oferta irresistible para quien busca la sabiduría: a cambio de una sola noche de pasión, le daría el don de conocer el futuro.

La muchacha accedió. A partir de entonces Casandra pudo “escuchar el futuro”. Pero Apolo quiso repetir. Casandra lo rechazó y, despechado, el poderoso dios la maldijo: “Acertarás en tus predicciones, pero nadie te creerá”. Así fue. Nunca le hicieron caso. Ni siquiera cuando advirtió a sus conciudadanos sobre el engaño del Caballo de Troya que al final les costaría la vida.

Al igual que Casandra, los científicos llevan muchos años previendo que el cambio global producido por el hombre en el planeta iba a plantear nuevos problemas. Y tampoco se les hizo caso.

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Ahora, confinados en nuestras casas, nos preocupa nuestro incierto futuro. No es para menos: las cosas están peor de lo que la mayoría piensa. El COVID-19 es, tan solo, la punta del iceberg de un problema global mucho más preocupante.

A principios del siglo XX, el premio Nobel de química Svante Arrhenius advirtió, con mucha preocupación que, si se seguían quemando combustibles fósiles al ritmo que se estaba haciendo, el calentamiento global producido por la liberación del CO2 haría que la vida de los seres humanos en el siglo XXI resultase extremadamente penosa.

A partir de entonces miles de científicos advirtieron sobre el gran problema que se nos venía encima.

Por ejemplo, en 1958, Charles David Keeling, de la Scripps Institution of Oceanography, empezó a medir la concentración de CO2 en la atmósfera. Comprobó que se incrementaba enormemente año tras año. Y como el CO2 es un gas con un potente efecto invernadero, la temperatura del planeta no para de crecer.

Otra advertencia se produjo en 1992, cuando 1500 destacados científicos -incluyendo a la gran mayoría de los Premios Nobel entonces vivos- publicaron una seria advertencia sobre el problema medioambiental:  World Scientists’ Warning to Humanity.

Estos expertos exponían, entre otras cosas, que “Será necesario un gran cambio en nuestra forma de cuidar la Tierra y la vida sobre ella, si queremos evitar una enorme catástrofe y miseria para la humanidad”.

Más de 15.000 científicos repitieron la advertencia hace apenas 3 años.

El tiempo se acaba

Hace 251 millones de años, al final del Pérmico, la concentración de CO2 en la atmósfera era de unas 220 ppm, parecida a la que había antes de la revolución industrial. En lo que hoy es Siberia, una corriente de magma anormalmente caliente subió desde el interior del manto a la superficie. Quemó inmensos depósitos de carbón y petróleo liberó enormes cantidades de CO2 a la atmósfera. La temperatura de la Tierra subió unos 4ºC.

Sus consecuencias fueron terribles. Más del 96% de las especies que existían en aquel entonces desaparecieron para siempre en la más catastrófica extinción masiva que ha se ha producido jamás.

Nada indica que hoy en día no pueda pasar lo mismo.

La acción de la humanidad (cambio climático, contaminación, destrucción de hábitats, incendios forestales…) está produciendo una extinción masiva de especies, generando una catastrófica pérdida de la biodiversidad.

Antes de que nuestra especie empezase a destruir el mundo podían existir 12.000.000 de especies; ahora, como mucho, quedan 3.000.000 y cada año se extinguen entre 20.000 y 50.000 especies.

Para que la vida se pueda mantener en la Tierra hacen falta cientos de miles, tal vez millones, de especies diferentes: las hay que producen el oxígeno que respiramos, otras nos dan alimento, otras controlan los vitales ciclos de los elementos…

El problema es que aún no sabemos cuantas especies hacen falta para que la Tierra funcione. Ni cuáles son. Y nos estamos comportando con una irresponsabilidad funesta.

Imaginemos que les damos un todoterreno a los integrantes de la tribu más remota de la Tierra. Nunca antes han visto uno. Tras enseñarle a usarlo y dejarles combustible de sobra nos vamos. Ellos lo utilizan. Les es útil. Al poco rato empiezan a sacarle piezas: los cinturones de seguridad sirven para hacer mochilas; los asientos traseros están mejor en una casa y así caben mas cosas en el coche. Siguen quitando piezas: los tapacubos son unos platos excelentes, la botella del líquido limpiaparabrisas es una magnífica cantimplora. El coche es extremadamente útil: les da piezas que mejoran su vida. Y sigue funcionando. Entonces los indígenas sacan una pieza vital (la batería, el radiador…). Y el coche deja de funcionar para siempre.

Nosotros estamos haciendo lo mismo con la Tierra. Las especies que extinguimos son el equivalente a las piezas que los indígenas le extraen al coche. ¿Cuánto tardaremos en extinguir especies vitales para el funcionamiento del planeta?

El problema es que la Tierra es muchísimo más complicada que un simple coche.

 

La hipótesis de Gaia

Durante los años 60 del siglo pasado James Lovelock, uno de los más brillantes científicos y tecnólogos de la humanidad, empezó a pergeñar la conjetura más extraordinaria de la historia de la ecología: la hipótesis de Gaia.

Esta hipótesis se puede resumir así: el planeta Tierra, en su totalidad, incluyendo a todos los seres vivos, la atmósfera, los océanos y los componentes geológicos, funciona como un conjunto complejo que tiene capacidad para auto-regularse, modificando activamente su composición para asegurar su supervivencia. Es algo que la Tierra lleva más de 3.000 millones de años haciendo.

La consecuencia más inquietante de esta hipótesis es que el sistema cibernético auto-regulable de la Tierra podría estar facilitando nuestra eliminación, pues somos la mayor perturbación actual que pone en peligro al planeta.

Hay muchas formas de que esto ocurra. Una de ellas es por virus zoonóticos.

 

Pandemias víricas.

Imaginemos un virus que durante milenios sobrevivió en un determinado animal. La especie que lo hospedaba se encontraba bien adaptada a su hábitat. El virus también estaba perfectamente adaptado a su hospedador: infectaba a la mayoría de su población, pero apenas les producía daño.

Ahora, por efecto del rápido cambio global producido por el hombre, la población del hospedador, en rápido declive, va de camino de la extinción. Con su hábitat natural destrozado, los últimos animales de su especie se dispersan. Interactúan con otras especies con las que no habían interactuado nunca. Y entran en contacto con el hombre.

Lo que durante milenios había sido una excelente estrategia evolutiva para el virus, deja de serlo. Con su hospedador en vías de extinción, si el virus quiere sobrevivir, tiene que encontrar otro animal que le sirva de hospedador.

El virus ni siquiera tiene inteligencia para saber lo que tiene que hacer.

Pero la selección natural empieza a favorecer a los virus que mutan más rápido: alguna mutación -que ocurre al azar- les permite infectar a otras especies. Uno de los nuevos mutantes lo consigue.

Infecta a otra especie. Pero en ella ya hay otros virus. A veces 2 virus diferentes infectan la misma célula. Y entonces pueden recombinan sus genomas: surge un nuevo virus que es una quimera en la que se mezclan genes de los otros dos.

La mayoría de ellos se extinguirán. Pero, por casualidad, algunos consiguen una eficacia extraordinaria para infectar a otra especie: el hombre.

Es su gran oportunidad evolutiva: casi 8.000 millones de huéspedes potenciales que viajan a toda velocidad por el mundo.

Cada vez hay más evidencias de que el coronavirus SARS-CoV-2 es una de estas quimeras: En principio era un coronavirus que infectaba a un murciélago del género Rhinolophus cuyo hábitat está en recesión.

En uno de los virus que infectaba a este murciélago ocurrió una mutación que le permitió infectar a otro mamífero: un pangolín. Pero el pangolín tenía su propio coronavirus. En alguna célula se mezclaron los genomas de ambos.

El resultado fue el SARS-CoV-2. El pangolín es una delicia gastronómica. Y el nuevo virus empezó a infectar humanos, desatando la mayor catástrofe del siglo, de la que apenas hemos visto el principio.

En estos momentos hay cientos de miles de especies en peligro de extinguirse, desplazadas de sus destrozados hábitats. Están interactuando con otras especies. Y entrando en contacto con el hombre.

Como poco cada una de estas especies tiene un par de virus específicos (aunque 10 es una estimación más acertada). En estos momentos hay millones de virus en los que la selección natural está favoreciendo altas tasas de mutación y de recombinación.

La enorme mayoría serán fracasos evolutivos que se extinguirán muy rápido. Pero algunos lo conseguirán.

Hay muchos ejemplos de ello. Y ocurrieron hace muy poco.

En 1976 se produjeron dos brotes diferentes del virus del Ébola, uno en Sudán del Sur y el otro en la República Democrática del Congo. Ya en este siglo al menos otros cuatro nuevos virus del ébola han producido mortandades a humanos. Son los ebolavirus de Bundibugyo (BDBV), del Zaire (EBOV), de Reston (RESTV) y de Taï Forest (TAFV).

En todos estos casos se trata de virus que pasaron desde animales salvajes a humanos, concretamente desde murciélagos frugívoros de la familia Pteropodidae desplazados de su hábitat natural por la destrucción de la selva.

Semejante al Ébola está el virus de Marburgo que en 2008 pasó a los seres humanos, probablemente desde monos Cercopithecus recombinando con los de murciélagos Rousettus.

La mortalidad del Ébola y del Marburgo alcanza al 90% de los infectados. Y lo hace muy rápido. Por suerte para nosotros, al muy poco tiempo de la infección se producen síntomas tan graves que resultó fácil aislar a los infectados (la gran mayoría murió rápido, cortándose la red de transmisión). Pero en los últimos años se han producido más de 10 brotes de esta enfermedad.

Un nuevo brote que, al igual que sucede con el actual coronavirus SARS-CoV-2, fuese capaz de infectar antes de mostrar síntomas destacados podría resultar letal.

Alrededor de 35 millones de personas murieron por el sida y hay unos 80 millones de infectados. El sida también es un virus que pasó desde una población de monos africana a los seres humanos.

Respecto a los coronavirus, solamente durante los últimos 20 años hubo tres brotes diferentes:

A finales de 2002, en China, el coronavirus SARS-CoV-1 consiguió pasar desde un animal (probablemente una civeta) a los humanos. Antes de que se consiguiese controlarlo se extendió a 26 países, infectando a 8098 personas de las cuales 774 murieron.

En 2012, en Arabia Saudita el coronavirus MERS-CoV pasó a los seres humanos probablemente desde un camello. Se extendió por 10 países, afectando a 157 personas produciendo 66 muertes.

Y a finales de 2019 el SARS-CoV-1 infectó a su primer ser humano desatando una pesadilla.

Y hace unos días volvió a sonar la alarma en China, tras la muerte de un hombre infectado por un hantavirus (que normalmente infectan a diversas especies de pequeños mamíferos).

Los seres humanos de nuestra especie llevan alrededor de 250.000 años sobre la Tierra. En manos de la ortodoxia económica, durante los últimos 20 hemos liberado más CO2, destruido más hábitats y extinguido a más especies que en toda nuestra historia anterior: También estos años han sido los más cálidos desde que existen registros.

Tal vez Gaia nos esté indicando que, si queremos sobrevivir, debemos cambiar nuestras prioridades.

Queda poco tiempo.

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