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Los mayores peligros del calor para la salud… ¡y las temperaturas siguen subiendo!

  • Mientras que en Valencia en los años 40 sólo 3 noches no bajaron de 24°C, en la década de 2010 esa cifra aumentó hasta 128 noches
  • En las próximas décadas, temperaturas típicas de los más duros desiertos alcanzarán zonas donde viven miles de millones de personas
  • El agua que sudamos con estos calores debe ser compensada bebiendo, o corremos el peligro de sufrir una deshidratación
  • Si nuestras células aumentan a temperaturas intolerables y no pueden realizar sus funciones correctamente, el golpe de calor se acerca

29 julio, 2020


Héctor Díaz-Alejo
Investigador de la Cátedra de Genética de la UCM

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Las olas de calor son cada vez más comunes y duraderas. Y no solo eso, la temperatura media de los días y noches de verano aumenta paulatinamente. Hace poco la cuenta de Twitter la Agencia Española de Meteorología (AEMET) expuso una serie de datos que dejaban muy clara esta tendencia: mientras que en la ciudad de Valencia en la década de 1940 sólo hubo 3 noches con temperaturas que no bajaron de los 24°C, en la década de 2010 el número aumentó hasta las 128 noches.

El aumento de las temperaturas a límites tan extremos y la mayor frecuencia de estos episodios afectan claramente a la salud. El calor extremo incrementa la incidencia de los golpes de calor y puede provocar deshidratación. El número de muertes aumenta significativamente durante las canículas más acusadas.

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El problema fundamental es la necesidad de nuestro cuerpo de mantener su temperatura dentro de un estrecho umbral. Y sin excesivos esfuerzos, si las condiciones son las habituales, el cuerpo mantiene de forma efectiva su temperatura.

Por ejemplo: si las condiciones ambientales provocan enfriamiento activamos mecanismos que permiten aumentar la temperatura. Así, nuestro cuerpo contrae los vasos sanguíneos periféricos para que la sangre no se enfríe, y por eso en situaciones más acusadas se pierde el rubor de algunas mucosas como los labios. De ahí la expresión ‘tiene los labios morados de frío’.

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Además, también pueden producirse temblores involuntarios, que es lo que conocemos como tiritar, ya que el cuerpo activa el movimiento de los músculos para generar calor.

Todo encaminado a que el cuerpo aumente y mantenga su energía térmica.

En el caso de las altas temperaturas ambientales ocurre parecido, y el cuerpo también se compensa, aunque de modo opuesto. En vez de contraer los vasos, se produce una vasodilatación periférica destinada a que la sangre entre más en contacto con el ambiente para enfriarse.

Y también, por supuesto, el cuerpo ‘rompe’ a sudar.

Es un proceso normal (aunque ciertas personas pueden padecer hiperhidrosis, que es una sudoración excesiva) que reduce el calor corporal al expeler agua.

Pero nunca podemos olvidar que el agua que eliminamos debe ser compensada con la ingesta, porque de lo contrario podemos sufrir consecuencias muy graves e incluso comprometedoras para la vida.

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Deshidratación, la mayor causa de mortalidad infantil en el mundo

Los líquidos corporales están interconectados. Cada tejido necesita una cantidad de agua. No es igual el tejido óseo que el muscular o nervioso. Y la sangre es la base desde la que las células obtienen el líquido y nutrientes. Porque aporta y obtiene agua, sales y otras moléculas continuamente de los espacios intersticiales, que son los que están situados entre las células.

Si en algún momento nos encontramos en un proceso de deshidratación, lo que realmente nos está ocurriendo es que la sangre no puede aportar todo el líquido que los tejidos necesitan, y cuando el agua corporal empieza a escasear las células dejan de actuar correctamente. Su metabolismo se ralentiza y las funciones celulares normales se ven impedidas, ya que necesitan de una matriz acuosa para poder llevar a cabo las reacciones que nos permiten vivir.

Una deshidratación leve, entorno al 2-3%, puede causarnos mareos, dolor de cabeza y malestar general. Pero si continúa y se acentúa, nuestro cuerpo puede sufrir daños renales, convulsiones por desequilibrios electrolíticos y shocks que comprometan la vida.

Por supuesto la deshidratación no se produce únicamente por la sudoración.

El cuerpo de manera normal elimina agua con la respiración o con la orina. Y enfermedades como las gastroenteritis, que nos provocan diarreas o vómitos, producen una rápida pérdida de agua. Tanto que la deshidratación es el mayor peligro en este tipo de procesos.

De hecho, la deshidratación debida a diarreas es la mayor causa de mortalidad infantil en el mundo.

Pero no son los niños los únicos que tienen un alto riesgo de padecer deshidratación.

Las personas mayores suelen tener afectados los mecanismos que provocan la sensación de sed, y no es raro encontrarse con que necesiten beber agua, pero no se den cuenta de ello. También deberíamos incluir como personas de riesgo a deportistas, personas afectadas por enfermedades crónicas como la diabetes, y aquéllas que están siendo tratadas con ciertos medicamentos que hagan eliminar más líquidos.

Pero a pesar de su severidad, la deshidratación no es el mayor peligro al que nos someten las altas temperaturas.

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El golpe de calor, o hipertermia, es el mayor riesgo del verano

La hipertermia es el aumento de la temperatura corporal por encima de nuestros límites, y es lo que más en riesgo nos pone durante el verano.

Pero cuidado porque no es lo mismo hipertermia que fiebre, ya que en ésta es el propio cuerpo el que decide que la temperatura que debe mantener es mayor. Y entonces responde como si estuviera más frío de lo normal, activando mecanismos que conduzcan a un aumento de la temperatura.

La hipertermia es diferente. Aquí el umbral sigue siendo el mismo, pero el cuerpo es incapaz de regular la temperatura.

En unos casos se debe a que el calor que entra en nuestro cuerpo es tan excesivo que los mecanismos que utilizamos para enfriarlo se ven totalmente sobrepasados. Este hecho se observa principalmente en ambientes húmedos, donde la sudoración se ve retardada. También en personas que estén realizando ejercicio, trabajadores expuestos al sol en los meses más duros, o niños que no ‘termorregulen’ bien.

En etas situaciones puede ocurrir que nuestras células aumenten a temperaturas intolerables y no puedan realizar sus funciones correctamente. Llegado a ese punto las proteínas se desnaturalizan y el metabolismo se para. En consecuencia, puede ocurrir que el cuerpo entre en un shock del que no sea capaz de salir. El golpe de calor mortal se consuma.

La forma de prevenirlo es eliminando este calor del cuerpo y buscando fórmulas para que no entre más.

• Para ello es importante permitir la sudoración, utilizando como vestimenta tejidos que dejen al cuerpo transpirar.
• Buscar zonas de sombra y aireadas para que el estrés térmico sea menor.
• Evitar hacer ejercicio y hacer trabajos físicos en las horas más críticas.
• Y, por encima de todo, mantener una adecuada hidratación. Beber agua, aunque no tengamos sed. Refrescarnos continuamente.

Y aunque una cerveza fría sea lo más agradable del mundo en una tarde de julio, hay que tener en cuenta que el alcohol deshidrata, por lo que acompañada de un vaso de agua nos sentará aún mejor.

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Las temperaturas siguen subiendo

Como es lógico, la mejor prevención es no estar sometidos a un estrés térmico tan agresivo. Pero las previsiones indican que los veranos serán mucho más inclementes en todo el mundo en las próximas décadas y años. Temperaturas típicas de los más duros desiertos alcanzarán zonas donde habitan miles de millones de personas.

La India, Sudáfrica, Australia o incluso zonas del sur de España sufrirán temperaturas sobrehumanas durante veranos cada vez más despiadados y largos.

Debemos estar preparados para auténticas mareas de calor que muy probablemente nos obliguen a estar… ¡confinados!

Y no estamos haciendo profecías dramáticas ni alarmistas. Como se comentaba al principio, en 2020 ya se han alcanzado más de 20 grados en la Antártida y más de 30 en el Ártico.

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El calor extremo en latitudes medias es una realidad verano tras verano. Las olas de calor, anómalas en el siglo pasado, se han instaurado ya como una temperatura normal. Las noches tropicales ya no suponen una sorpresa.

Y esta nueva realidad nos trae veranos con más consumo energético, más incendios, más estrés hídrico, más eventos climáticos extremos, y, además, mayores problemas de salud.

Es otro factor a tener en cuenta dentro de la grave crisis que vivimos.

Y no quepa duda de que gracias a la pasividad generalizada, a silenciar a la ciencia y a la mortal ineptitud de muchos de los que controlan el mundo, lo peor está por llegar.