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La medicina pide que declaren inocente a la mayor asesina en serie de Australia, tras 18 años de cárcel (pódcast)

  • Kathleen Folbigg, acusada de asesinar a sus cuatro hijos, cumple condena desde 2003 por un delito que ahora la medicina científica evidencia que no cometió
  • La clave está en una mutación en el gen CALM2, hereditario, y según la ciencia, causante del fallecimiento de los cuatro pequeños
  • BuscandoRespuestas habla con la española Carola G. Vinuesa, directora del Centro de Inmunología Personalizada de Australia y que forma parte del equipo que ha demostrado la existencia del gen CALM2, teórico causante de la muerte natural de los cuatro pequeños

12 marzo, 2021


Sergio F. Núñez

Se cumplen 18 años desde que el jurado del Tribunal Supremo de Nueva Gales del Sur, en Australia, condenó a Kathleen Folbigg a cuarenta años de prisión.

Folbigg está condenada por tres cargos de asesinato y un cargo de homicidio, además de un cargo por infligir maliciosamente lesiones corporales graves a uno de los hijos asesinados.

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Los hechos ocurrieron entre los años 1989 y 1999, y tuvieron como víctimas a los cuatro hijos de la australiana, cuando ella tenía 22 años.

Desde el principio de esta historia ni la fiscalía ni los jueces han tenido duda alguna de que las muertes habían sido obra de Folbigg. Y en las apelaciones posteriores que han tenido lugar en las últimas dos décadas, nadie cambió de opinión. Según la acusación, la madre mató a sus hijos utilizando la «asfixia en momentos de frustración».

Pero la historia está a punto de dar un vuelco espectacular gracias a la medicina y a la investigación científica.

En estos momentos la ciencia desmiente a la justicia y pide la libertad para la que está considerada como la mayor asesina de la historia de Australia. Y lo hace con un comunicado firmado por 90 científicos entre los que hay nada menos que dos Premio Nobel.

Todos murieron mientras dormían

Caleb, febrero de 1989 Fue la primera de las muertes. Su hijo sólo tenía 19 días. Al nacer respiraba con bastantes ruidos y el pediatra le diagnosticó un caso leve de laringomalacia. No era grave y por lo demás, estaba sano. Pero la noche del 20 de febrero, según se recoge en el juicio, el bebé, que dormía en la habitación contigua al dormitorio que compartía con su marido, fue encontrado por Folbigg.

Patrick Allen. Muere el 18 de octubre de 1990. Había nacido el 3 de junio. Y el 18 de febrero de 1991, Folbigg telefoneó a su marido al trabajo para informar de la muerte de Patrick y le dijo: «¡Ha vuelto a pasar!» Patrick sólo tenía 4 meses.

Sarah Kathlee. Murió el 29 de agosto de 1993, con 8 meses de edad. Había nacido el 14 de octubre de 1992.

Laura Elizabeth Murió el 27 de febrero de 1999, con 19 meses.

Las causas que inicialmente determinaron los forenses para las dos niñas y los dos niños estaban relacionadas con muertes súbitas:
– Caleb, el primogénito, como consecuencia del síndrome conocido como SIDS, la muerte súbita del lactante, totalmente inexplicable, igual que les pasó a sus hermanas Sarah y Laura.
– En el caso de Patrick, lo achacaron a que a los cuatro meses de edad sufrió un daño cerebral severo como consecuencia de un evento agudo, y eso fue lo que cuatro meses después, según los médicos, acabó con su vida.

Es con el fallecimiento de Laura, la menor de los cuatro hermanos, cuando la policía pone la pista sobre Kathleen y se inicia una investigación por asesinato después de que el patólogo de la autopsia, el Doctor Allan Cala, sentenciara que «la miocarditis, la inflamación del músculo cardíaco, no era potencialmente mortal».

La acusación estaba escrita en su diario

Esta declaración del doctor se unió entonces con el hallazgo por parte de Craig Gibson Folbigg, marido de la acusada y padre de los cuatro hijos, del diario personal de Kathleen donde había alguna anotación que indujo a pensar a que ella había sido la causante del fallecimiento de la pequeña. En el diario escribió:

«Me siento como la peor madre de esta Tierra. Asustada de que me deje ahora como lo hizo Sarah. Sabía que era de mal genio y cruel a veces con ella, y ella se fue. Con un poco de ayuda. Soy la hija de mi padre».

Lo que tiene un enorme significado, si tenemos en cuenta que su padre asesinó a su madre de 24 puñaladas.

Estas dos circunstancias fueron las que acabaron con Folbigg sentada ante el juez en 2003. Y fue entonces cuando la fiscalía convenció al jurado de que ella había asfixiado a los pequeños, a pesar de que no había antecedentes de abuso ni signos de asfixia. La condena fue a 40 años de cárcel y 30 sin libertad condicional.

La apelación, en 2005, logró que el tribunal redujera su condena a treinta años de prisión y veinticinco sin libertad condicional.

Pero hoy, 18 años de cárcel después, la evolución y el desarrollo de la ciencia médica puede devolver a Kathleen Folbigg la libertad perdida y acabar con un martirio que en caso de ser inocente no tiene reparación posible.

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Una frase «maldita»

En su día la medicina ya se había pronunciado sobre del fallecimiento de los pequeños Folbigg.

El pediatra británico Sir Roy Meadow sentenció que «una muerte por SIDS es una tragedia, dos es sospechosa y tres es asesinato hasta que se demuestre lo contrario».

Una argumentación quizás no demasiado científica que certificó su condena, aunque desde el principio ha sido desacreditada por estadísticos y científicos.

En 2015, por ejemplo, el patólogo forense Stephen Cordner, quien reexaminó las autopsias de los niños, concluyó que no había «ningún sostén patológico forense positivo para la afirmación de que alguno o todos ellos hubieran sido asesinados».

Una científica española es clave

Tanto es así que en septiembre de 2018 los abogados de Kathleen le preguntaron a una científica española de prestigio, la doctora Carola G. Vinuesa, si había avanzado la ciencia lo suficiente para poder encontrar una causa genética a la muerte de los niños.

El hecho de que se dirigiesen a esta científica española se debe a que Vinuesa es codirectora del Centro de Inmunología Personalizada y profesora de Inmunología en la Universidad Nacional de Australia, así como miembro del Centro NHMRC para la Excelencia en la Investigación.

Vinuesa, en conversación con BuscandoRespuestas.com nos aclara que: «Con las nuevas tecnologías de secuenciación de ADN es posible ahora secuenciar los genomas enteros. Hace dos décadas no se podía hacer. Pero hoy se conocen causas genéticas para más del 30% de casos de SIDS. Y dado que muchas de estas causas son hereditarias, decidimos secuenciar el genoma de Kathleen».

Y el resultado vino a cambiar por completo el enfoque del caso:

«Encontramos una mutación nunca antes descrita, en un gen llamado CALM2, que codifica la calmodulina, y que puede causar muerte cardíaca en la infancia. Con esta información, escribimos un informe recomendado que se secuenciaran los genomas de los cuatro niños».

La doctora española, residente en Australia, forma parte desde 2019 del equipo de genetistas que analiza los genomas de Folbigg y sus hijos.

El padre se opone a la investigación

Pero la investigación se ha visto obstaculizada por la negativa del padre de los pequeños de conceder una prueba de ADN que la justicia tampoco ha reclamado, aunque su capacidad para aclarar el caso podría ser decisiva. Porque «al realizar un análisis genético de este tipo, analizando el ADN del padre y de la madre, se puede obtener una imagen mucho más clara de si una mutación en un niño es dañina», insiste Vinuesa.

A pesar de todas las trabas con que se encontraron, el equipo médico logró encontrar la variante CALM2 heredada de Kathleen en sus hijas Laura y Sarah.

Tanto es así que como reconoce la Doctora Vinuesa, «antes de que la Investigación Judicial hiciera público sus hallazgos, se publicó un artículo revisado por expertos internacionales que contenía un registro de 74 personas con variantes en los genes CALM, incluidos niños pequeños que habían muerto repentinamente durante períodos de sueño. Una niña que murió a los cuatro años y su hermano, que sufrió un paro cardíaco a los cinco años, tenían una mutación de calmodulina en la misma localización de la proteína que la que tenían Sarah y Laura. Los niños también habían heredado la mutación de su madre sana».

El autor principal del estudio, el profesor Peter Schwartz, cardiólogo y una de las autoridades mundiales en causas genéticas de arritmias cardíacas y muerte súbita inesperada, revisó el caso de Folbigg y concluyó que «la variante CALM2 era la causa probable de las muertes de Sarah y Laura».

A pesar de todo, la investigación y el estudio fueron rechazados por la justicia australiana y volvieron a aludir a la existencia del diario y la interpretación inculpatoria que las autoridades policiales hicieron en la frase escrito por su madre: «Me siento como la peor madre de esta Tierra. Asustada de que me deje ahora como lo hizo Sarah. Sabía que era de mal genio y cruel a veces con ella, y ella se fue. Con un poco de ayuda. Soy la hija de mi padre».

Añadiendo la frase que también dejó escrita cuando Patrick estuvo a punto de morir:

«Gracias a Dios. La ha salvado del destino de sus hermanos. Creo que fue advertida».

El avance de la ciencia

Los esfuerzos científicos llevados a cabo para demostrar la inocencia de Folbigg no se han detenido a pesar de los varapalos judiciales, tal y como confirma a BuscandoRespuetas la Doctora Vinuesa:

– «Desde la conclusión de la investigación se ha demostrado que la mutación CALM2 es patogénica en una serie de experimentos realizados por un equipo internacional de Dinamarca, Estados Unidos, Canadá e Italia, liderados por el profesor Michael Toft Overgaard, experto en las mutaciones en calmodulina».

Una evidencia que ha sido recientemente publicada en la prestigiosa revista internacional ‘Europace’, de la Oxford University Press, revisada por pares y editada por la Sociedad Europea de Cardiología.

Para la especialista Carola G. Vinuesa no hay dudas: «Como científica, el resultado de la investigación judicial me pareció desconcertante».

«Incluso antes de que se realizaran los experimentos científicos que establecieron la patogenicidad de la variante CALM2, existía evidencia médica y científica creíble que indicaba que los niños Folbigg murieron por causas naturales».

En el caso de Laura se demostró desde un inicio que su miocarditis era «lo suficientemente grave como para haber causado su muerte. Se sabe que la miocarditis desencadena arritmias cardíacas, y nuestros hallazgos genéticos mostraron que Laura tenía una mutación asociada con arritmias cardíacas», insiste a BuscandoRespuestas la codirectora del Centro de Inmunología Personalizada de Australia, Carola G. Vinuesa.

Estos avances científicos, esta innovación en el desarrollo de los procesos capaces de secuenciar el ADN, han permitido a los expertos conocer el motivo de los fallecimientos de Sarah y Laura.

Algo más complejo era el caso de los dos varones, Caleb y Patrick, pero también han sido capaces de encontrar una causa natural a sus fallecimientos.

Y es que, aunque no han podido contar con la el ADN del padre, que no quiere saber nada de una posible inocencia de la madre y se ha negado a facilitar la investigación, el equipo de la Doctora Vinuesa encontró «que ambos niños tenían mutaciones raras en las dos copias de un gen que cuando está defectuoso causa epilepsia letal en ratones».

A Caleb se le diagnosticó laringomalacia, o laringe flácida, que dificultaba su respiración y que acabó con su vida. Y a Patrick, epilepsia. Fue en una de sus crisis, con la obstrucción de sus vías respiratorias, cuando el pequeño perdió la vida.

Ahora, con todos estos datos y después de 18 años en prisión, un grupo de noventa científicos le han entregado al Gobernador de Nueva Gales del Sur una petición firmada en la que solicitan la anulación de la condena de Folbigg y su liberación inmediata, basándose en las evidencias clínicas demostradas por el equipo de la Doctora Vinuesa.

Entre quienes firman y sostienen la petición hay dos premios Nobel y el presidente de la Academia Australiana de Ciencias, el profesor John Shine.

No existe una base judicial sólida que mantenga en prisión a Folbigg, según la ciencia, y sí una serie de evidencias que probarían que todos y cada uno de los cuatro hijos de Kathleen fallecieron por causas naturales.

Le toca ahora a la justicia australiana tomar la decisión de reabrir o no el caso.

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