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El peligro de hablar:
un argumento incuestionable para usar mascarillas

  • Un contagiado puede estar liberando al hablar unos 700 virus por minuto, capaces de mantenerse casi un cuarto de hora en el aire
  • Se está estudiando en detalle cómo fueron los primeros contagios: parte de ellos se dieron entre personas que simplemente hablaron
  • Deberíamos empezar a preparar el futuro. Porque si a la saturación hospitalaria que provoca cada año la gripe estacional tenemos que unir el drama de contagiados por COVID-19, la tragedia podría ser incalculable

22 mayo, 2020


Eduardo Costas.
Catedrático de Genética de la UCM.
ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA NACIONAL DE FARMACIA

Estamos ansiosos por recuperar, cuanto antes, nuestra vida social. Queremos que se relance la economía y volver a la normalidad. Sobre todo, queremos reencontrarnos y hablar con nuestros familiares y amigos.

Pero la crisis del COVID-19 es muy seria: el total de muertos ocurridos entre las semanas 12 y 16 de este año supera, con mucho, a los de cualquier otro registro del presente siglo. Numerosos expertos manifiestan su preocupación. Asumen que el SARS-CoV-2 puede quedarse con nosotros durante bastante tiempo y producir rebrotes.

Tal y como ocurrió con otras pandemias, la segunda oleada de COVID-19 podría ser peor que la primera.

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Y el temido rebrote otoñal del coronavirus preocupa enormemente porque si llega acompañado de gripe estacional podría disparar el número de muertes.

Casi todos los años leemos en los periódicos, de un sitio y de otro de nuestro país, cómo los picos de gripe saturan las urgencias y llenan los hospitales. Personas en el pasillo sentadas en una silla con el gotero puesto se convierten en la imagen recurrente de una situación que se repite sin que nadie ponga remedio.

Y no hace falta remontarse en el tiempo. Sólo este año, en enero de 2020, el Sindicato de Enfermería, denunció problemas de saturación y colapso en los servicios de Urgencias de centros hospitalarios de ¡once comunidades autónomas! Por la falta de suficientes recursos humanos y materiales para atender la creciente demanda asistencial motivada por la gripe.

No es un problema de un hospital. Ni de una región. Es una realidad generalizada que procede de los recortes que empezaron un día, se multiplicaron otro y se mantienen uno tras otro. Como si a nadie le importase.

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Pues ahora imagínense si a ese panorama recurrente de casi todos los años le sumamos lo que hemos visto en España y en el mundo en marzo y abril, y que de momento se reduce, pero no para.

Porque hasta que lleguen esos temidos días no acabamos de estar mucho mejor: la desescalada no cesa de mostrar sus riesgos:

• Después de la reapertura de colegios, Francia ha tenido que cerrar urgentemente 70 escuelas por los contagios de COVID-19.
• En Corea del Sur numerosas personas se han infectado al volver a la oficina.
• En el estado norteamericano de Georgia, el levantamiento de la cuarentena disparó el número de infectados.
• Francia e Italia parecen estar sufriendo un repunte de casos.
• China ha impuesto un confinamiento severo en la ciudad de Shulan ante un nuevo rebrote del coronavirus.
• En nuestro país Sanidad admite que el contagio de niños se ha incrementado un 30% tras permitirse su desconfinamiento.
• Murcia acaba de registrar el mayor repunte de COVID-19…

Esperemos que estos datos sean debidos a simples fluctuaciones estadísticas y no estén anticipando un rebrote.

A la necesidad de utilizar mascarillas le sobran argumentos

El simple hecho de hablar podría ser peligroso:

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Para darnos cuenta de ello debemos conocer a Osborne Reynolds, un caballero británico que moría el 21 de febrero de 1912, a los 70 años, en la pequeña localidad de Watchet, en el condado del Somerset, al sur de Inglaterra.

Reynolds fue un brillante científico, que ocupó una de las dos primeras cátedras de ingeniería que se crearon en Inglaterra (por entonces la mayor potencia del mundo). Realizó aportaciones esenciales en numerosos campos de la ciencia.

Interesado en el desplazamiento de los barcos, estudió la relación existente entre las fuerzas de inercia y las de viscosidad en el movimiento en el seno de un fluido -lo que se conoce como número de Reynolds (Re)-.

Reynolds se fue a la tumba consciente de sus muchos éxitos, pero sin saber que sus estudios habían dado con la clave para entender cómo nos contagiamos por el SARS-CoV-2.

Paradójicamente, en febrero de 1912 Osborne Reynolds se contagió con el virus de la gripe que lo mató (y que tiene un modo de infectar parecido).

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Para entenderlo fácilmente podemos hacer un sencillo experimento: dejemos caer en un recipiente con agua una bola de acero. Se hundirá muy rápido. Ahora cojamos una lima de metal y obtengamos pequeñas limaduras de esa bola. Echemos las limaduras al agua y comprobaremos que se hundirán muchísimo más despacio que la bola original.

Si hacemos el experimento en el aire, las limaduras de acero más pequeñas también caerán mucho más lentamente que la bola. Y es que la bola tiene un elevado número de Reynolds mientras que las limaduras lo tienen muy bajo, porque la bola tiene mucha más inercia al tener una masa mayor.

La primavera nos trae un bello ejemplo del movimiento a bajos números de Reynolds:

Plantas asteráceas como el diente de león o el salsifín, dispersan sus ligeras semillas mediante vilanos plumosos que consiguen mantenerse en el aire y ser arrastrados por el más mínimo viento.

Las pelusas de los chopos que transportan por el aire sus semillas son otro buen ejemplo.

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Cuando uno tose o estornuda produce numerosas gotitas de fluido de distintos tamaños. Las gotitas más grandes permanecen poco tiempo en el aire, pero como tienen más inercia pueden ser propulsadas bastante lejos.

Las gotitas más pequeñas pueden permanecer mucho más tiempo en el aire. Y en ambientes cerrados donde el aire no es turbulento, se pueden acumular en mayor cantidad.

Nos insisten en que nos cubramos la nariz y la boca con un pañuelo desechable (o con el brazo) al toser y al estornudar. Sin duda es una excelente medida. Pero podría no ser suficiente.

Un estudio efectuado por los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos, empleando captura de imágenes por laser, encontró que cuando hablamos, dependiendo de la persona y de la energía con la que hablemos, liberamos al aire entre 1.000 y 10.000 gotitas de fluido en un minuto.

Las más pequeñas son de un volumen de alrededor de 2,5 nanolitros (100 millones de nanolitros equivalen a un litro). Una gotita de 2.5 nanolitros tiene un número de Reynolds muy pequeño. Tanto que podría permanecer suspendida en el aire unos 15 minutos en un espacio donde el flujo de aire no sea turbulento.

Se ha estimado que un contagiado por COVID-19 tiene unos siete millones de virus SARS-CoV-2 por mililitro de fluidos orales. Si al hablar durante un minuto se estima que liberamos unas 2.500 gotitas pequeñas (que equivalen a unos 10.000 nanolitros), podemos estar liberando unos 700 virus por minuto, que en un espacio cerrado pueden mantenerse durante casi un cuarto de hora en el aire.

Se está estudiando en detalle cómo fueron los primeros contagios por COVID-19: parte de ellos se dieron entre personas que simplemente hablaron.

En estos tiempos tal vez convenga apostillar un viejo refrán español: “En boca cerrada no entran moscas”. Tampoco salen coronavirus.

Hablemos, pero si lo hacemos a poca distancia utilicemos mascarillas.

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