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La polémica historia del medicamento que medio mundo utilizó contra la COVID-19 y ha ‘suspendido’ la OMS

  • Médicos chinos fueron los primeros en probar con hidroxicloroquina, en 100 pacientes, y vieron una "actividad potente contra Covid-19"
  • Raoult pidió voluntarios, lo probó y con un mini 'ensayo clínico' de tan sólo seis días le dijo al mundo que era la solución... hasta hoy
  • "trabajamos con una urgencia real y tuvimos algo más que la sensación de haber encontrado una manera de mejorar a los pacientes"
     

26 mayo, 2020


Emile Rabasse
Ruán
Fracias

Es uno de esos científicos de película que se debaten entre el genio y la locura, al menos a ojos de quienes los miran.

Un hombre cuya historia nos llevará de la admiración a la incomprensión a cada párrafo de su vida que vayamos conociendo.

Como es muy probable que le ocurra según lea este artículo, que a base de palabras polémicas, líneas acusatorias, afirmaciones tajantes y negaciones cuasi absolutas le permitirá conocer a un personaje peculiar que se salta casi tantas ‘convenciones’ como éxitos consigue.

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Esta es la historia de los medicamentos mundialmente utilizados para tratar la Covid-19, y todo lo que se ha desatado a su alrededor. Desde el primer minuto en que el virólogo y científico francés, Didier Raoult los puso sobre la mesa, hasta el punto final que hoy parece haber escrito la OMS, que detiene los ensayos con hidroxicloroquina al detectar mayor mortalidad.

El personaje se llama Didier Raoult. Y hoy ha vuelto al centro de la actualidad porque la OMS detiene los ensayos con hidroxicloroquina al detectar mayor mortalidad

La polémica se inició… antes de empezar

Pero vayamos por partes para contar esta apasionante historia.

Didier Raoult forma parte del Consejo Científico de Francia contra la COVID-19. Es un hombre grande de 68 años, sin pelos en la lengua y que se defiende y golpea con la misma facilidad que cuenta sus convicciones, caiga quien caiga.

Y quizás por eso está lleno de seguidores y ‘enemigos’. Y piensa que a muchos de sus colegas la metodología les hipnotiza y les hace creer que entienden lo que no entienden: «es lo más común en el mundo, y es una enfermedad particularmente peligrosa en los médicos, cuyas opiniones cargan con la responsabilidad de la vida y de la muerte”.

Por eso se atreve a afirmar que «alguien que no sabe es menos estúpido que alguien que cree erróneamente que sí sabe. Porque es terrible estar equivocado».

Raoult, quien fundó y dirige el hospital de investigación IHU, tiene fama de ‘bravucón’ pero también de investigador creativo.

Y sus admiradores dicen de él que “mira donde a nadie más le importa, con métodos que nadie más está usando… y encuentra cosas”.

Y algo debe tener, porque en los últimos 10 años ha ayudado a identificar cerca de 500 nuevas especies de bacterias que afectan al ser humano.

Hasta hace poco, quizás era conocido sobre todo como el descubridor del primer ‘virus gigante’. Un microbio que, en su opinión, sugiere que los virus deberían considerarse un cuarto y separado ‘reino’ de los seres vivos.

Raoult es tan sorprendente que es capaz de afirmar que el árbol de la vida sugerido por la evolución darwiniana es «completamente falso», e incluso decir que el propio Darwin «no escribió más que estupideces».

“Solo admito que me juzguen como médico… mis pacientes”

Y una vez que tenemos una idea de cómo es el personaje, vayamos con la historia del tratamiento de la COVID-19 que él promovió: Una combinación de hidroxicloroquina, un medicamento antipalúdico, y azitromicina, un antibiótico común.

Lo pensó… y en marzo anunció que su hospital examinaría y trataría a cualquier paciente de la COVID-19 que quisiera presentarse.

La respuesta fue que multitudes se reunieron en la entrada de su hospital IHU en sinuosas colas de una sola fila, como peregrinos en busca de la salud. Y el 16 de marzo, a una velocidad inusitada, Raoult publicó los resultados de un pequeño ensayo clínico que mostró, dijo, una tasa de curación del 100%.

Una afirmación arriesgada con tan pocos días y tan pocos casos. Pero que encaja con el profesor, cuya psicología comparan sus colegas con la de Napoleón, aunque no es físicamente pequeño, sino todo lo contrario.

Axel Kahn, genetista y médico que conoce a Raoult desde hace casi 40 años, dice que «una de las características permanentes del profesor Raoult es que sabe que es muy bueno. Y siempre lo ha sabido”. Hasta el punto de que cuentan como ‘gracia’ que, en su casa, junto con una colección de bustos romanos se dice que guarda una estatua de mármol de sí mismo.

Didier Raoult viaja en su moto Harley y un día, no hace mucho tiempo, un periodista francés le preguntó por qué se había dejado esta nueva imagen ‘estilo Panoramix, y su respuesta fue tajante: «porque les molesta».

Le da igual lo que cualquiera piense de él. Define el mundo como “un teatro”. Y asegura que “las únicas personas que me juzgan como médico son mis pacientes, y como científico, mis colegas y el tiempo.»

La ‘contestada’ medicina para el paludismo

La hidroxicloroquina y la azitromicina son medicamentos bien caracterizados, bien tolerados y ampliamente recetados.

La azitromicina se desarrolló hace 40 años en la ex Yugoslavia y hoy es el segundo antibiótico más comúnmente recetado en, por ejemplo, Estados Unidos.

La hidroxicloroquina, junto con su análogo más tóxico, la cloroquina, fue durante varias décadas el medicamento antipalúdico más comúnmente recetado en el mundo. Hoy se usa ampliamente para tratar la artritis reumatoide y el lupus.

Las tres moléculas están incluidas en la Lista Modelo de Medicamentos Esenciales de la Organización Mundial de la Salud, una compilación de «los medicamentos más eficaces, seguros y rentables para condiciones prioritarias».

Raoult conoce bien los principios activos. Desde el comienzo de su carrera ha cogido medicamentos que han sido aprobados para su uso contra una enfermedad y los ha reutilizado como tratamiento para otras.

Escondido entre estos, sostiene Raoult, hay varias curas que no se conocen para muchas enfermedades que aún no sabemos. «Pruebas todo y miras atentamente para ver si, por casualidad, algo funciona. Y lo que encuentres por casualidad, te golpeará en tu trasero. Por ejemplo, se ha demostrado que los antidepresivos y antihipertensivos tienen propiedades antivirales; Se ha encontrado que la lovastatina, que se prescribe para reducir los niveles de colesterol, es efectiva, al menos en ratones, contra la peste.”

Ha utilizado la cloroquina desde la infancia

Raoult pasó la primera década de su vida en Dakar, a donde fue con su padre, un médico militar. Y allí, para evitar la malaria, “tomaba cloroquina todo el tiempo».

Luego, en la década de los noventa probó el efecto de la hidroxicloroquina en una afección mortal conocida como fiebre Q, que es causada por una bacteria intracelular que se multiplica dentro de las células como si fuera un virus.

En ese momento descubrió que la hidroxicloroquina, al reducir la acidez dentro de las células huésped, ralentizaba el crecimiento bacteriano. Así que comenzó a tratar la fiebre Q con una combinación de hidroxicloroquina y doxiciclina.

Dadas las similitudes entre los virus y las bacterias intracelulares, Raoult sospechó que la cloroquina y la hidroxicloroquina podrían tener efectos antivirales. Y tras el brote de SARS en 2002 descubrieron que la cloroquina ralentizaba la reproducción del coronavirus del SARS en cultivos celulares.

Raoult revisó esa evidencia en un artículo de 2007, concluyendo que la cloroquina y la hidroxicloroquina podrían ser «un arma interesante para enfrentar las enfermedades infecciosas presentes y futuras en todo el mundo».

El primer ensayo lo hicieron los chinos

A principios de este año, cuando la propagación del SARS-CoV-2 comenzó a convertirse en pandemia, el profesor examinó los datos que habían comenzado a salir de China y vio que un equipo médico de aquel país contaba cómo, en más de 100 pacientes, se había encontrado que la hidroxicloroquina tenía «actividad potente contra Covid-19″.

Era el momento en el que el planeta entero sabía que un tratamiento para el virus que infectaba el mundo a una velocidad de vértigo tardaría muchos meses en aparecer.

Así que Raoult se puso manos a la obra. No había tiempo que perder. Examinó los datos chinos y comenzó sus propias pruebas. Y publicó un vídeo titulado ‘Coronavirus: Game Over’ contando lo que él calificó como “mejoras espectaculares” producidas por la cloroquina.

Un virus mortal para el que no existía tratamiento podría ser detenido por una molécula preexistente, económica y ampliamente estudiada, que Raoult conocía bien.

Y eso que Raoult no lo tuvo todo tan claro desde el principio, y muy al principio despreció el riesgo y la importancia del SARS-CoV-2. Con palabras grandes, como él hace siempre
“Sabes, el mundo se ha vuelto loco. Todos los años -dijo- probablemente hay 600 o 700 personas que mueren por infecciones por coronavirus en Francia y miles más por otras enfermedades respiratorias. El hecho de que la gente haya muerto por un coronavirus en China, no creo que signifique mucho para mí. No sé, tal vez la gente no tiene nada que hacer, así que han ido a buscar algo en China por lo que estar asustados».

No creía en la angustia por las epidemias… o sí

Raoult ha pasado casi toda su vida en Marsella. Llamó a un género de bacterias, Massilia, y ha dado su nombre o los nombres de sus vecindarios a muchas otras especies de microbios.

Marsella ha sido un puerto importante durante más de 2.000 años y tiene una historia de enfermedades correspondientemente rica.

Fue el punto de entrada a Francia para las tres grandes olas de peste bubónica, que comenzaron en el siglo VI. Entre 1720 y 1722, la peste mató a aproximadamente la mitad de la población de Marsella; Uno de sus barrios centrales, en el antiguo puerto, lleva el nombre del obispo que atendió a los enfermos mientras que muchos de los médicos de la ciudad se escondieron por miedo.

Raoult escribió su primer trabajo de investigación en 1979, sobre una infección transmitida por garrapatas, a veces conocida como fiebre de Marsella. La enfermedad también se llamó «fiebre benigna de verano», y más de 50 años de ciencia dijeron que no era letal.

Su libro más reciente se titula «Epidemics: Real Dangers and False Alerts», (Epidemias: Peligros reales y falsas alertas) y se publicó a finales de este último mes de marzo, cuando la OMS había reportado ya más de 330.000 casos confirmados de Covid-19 en todo el mundo y más de 14.500 muertes.

En su libro escribe: «Esta angustia por las epidemias está completamente fuera de la realidad de las muertes que causan las enfermedades infecciosas».

Pero no debía estar tan despreocupado cuando en el mes de enero, una vez publicado por primera vez el genoma del SARS-CoV-2, su hospital gastó medio millón de euros en nuevas máquinas para estudiar la reacción en cadena de la polimerasa (PCR) en tiempo real: hisopos de recolección, máquinas de termociclado, reactivos químicos y sondas y cebadores de nucleótidos.

Cualesquiera que fuesen sus reservas sobre el virus, no tenía la intención de perder la oportunidad de estudiarlo, y muy probablemente quería ganar la carrera para encontrar un tratamiento.

Su controvertido ‘ensayo clínico’

Por eso a principios de marzo, cuando los pacientes con coronavirus comenzaron a multiplicarse, prácticamente la totalidad de los 800 miembros del personal del hospital volcaron sus esfuerzos en investigar el SARS-CoV-2.

Raoult obtuvo autorización para comenzar un pequeño ensayo clínico de hidroxicloroquina.

Sin embargo, debido a que las infecciones respiratorias virales a menudo conducen a infecciones bacterianas secundarias, Raoult quería probar un antibiótico suplementario en algunos pacientes.

Eligió la azitromicina, que había probado previamente contra el zika. Porque, como él mismo dijo “puestos a elegir uno, mejor que se haya demostrado que es activo contra un virus».

En su proyecto había programado que las pruebas se realizaran durante dos semanas por paciente. Pero, después de solo seis días, los resultados eran tan favorables que Raoult decidió finalizar el ensayo y publicarlo.

«Por lo general, nos tomamos un tiempo para escribir, para hacer correcciones, para considerar, para repasar las cosas 50 veces», dijo Philippe Gautret, jefe del departamento que fue el primer autor en la lista del artículo. “Pero en este caso estábamos trabajando con un sentido de urgencia real. Y sentíamos que nuestra obligación era darlo a conocer, porque teníamos algo más que la sensación de que habíamos encontrado una manera de mejorar a los pacientes».

Es verdad que puede que algunos hayan pensado que fue precipitado. Que no hubo un ensayo suficientemente grande que confirmase aquellos resultados tan esperanzadores. Y es posible que tengan razón.

Pero Raoult es especial por muchas cosas Y quizás la principal es que “antes que nada es médico. Y antes que nadie están sus pacientes”. Y siente la obligación moral de tratarlos hasta el punto de que en ese momento le parecía poco ético, además de innecesario, esperar a realizar ensayos controlados aleatorios.

El paradigma del paracaídas

El documento de Raoult incluyó resultados para 36 pacientes. Catorce fueron tratados con sulfato de hidroxicloroquina; seis fueron tratados con una combinación de sulfato de hidroxicloroquina y azitromicina; y 16 sirvieron como controles.

En el día sexto de la prueba, 14 de los 16 pacientes de control todavía dieron positivo en coronavirus. A los pacientes que recibieron hidroxicloroquina les fue notablemente mejor, con solo seis de los 14 resultados positivos en el día sexto.

Sin embargo, lo más alentador fue que se descubrió que los seis pacientes tratados con una combinación de hidroxicloroquina y azitromicina estaban libres del virus.

Varios prominentes médicos franceses advirtieron que los resultados tendrían que ser confirmados y los pacientes advertidos de posibles efectos secundarios.

Pero a Raoult le gusta señalar que existen desarrollos con una utilidad probada en el ámbito de la salud humana que nunca han sido validados por pruebas tan rigurosas.

Esta observación se conoce como el paradigma del paracaídas: tendemos a aceptar la afirmación de que los paracaídas reducen las lesiones entre las personas que saltan de los aviones, pero este efecto nunca se ha demostrado. No existe un estudio aleatorio científicamente realizado que compara un grupo de personas que se lanza de un avión con paracaídas, y otro que se lanza del mismo avión, y en el mismo momento, pero sin paracaídas.

Sin embargo, la realidad de esa manera de proceder es que realmente, a día de hoy, seguimos sin tener la certeza absoluta de si a cada paciente le ha curado el tratamiento propuesto por Raoult o lo ha hecho su propio cuerpo.

Y detractores a su manera de proceder y a los posibles resultados, hay… y no son pocos.

Por ejemplo, una autoridad sanitaria estadounidense comentaba de él:

“Es un iconoclasta con cabello gracioso que piensa que casi todos los demás son estúpidos, especialmente aquellos que generalmente son considerados inteligentes. Es adorado por los indignados y los conspiradores, y su autocomplacencia es más bien incesante”.

Otro prestigioso médico dijo que lo había probado con 11 pacientes y con muy poco éxito. Y afirmó: «Si hay actividad antiviral, deberías poder verla. Es posible que sea muy tarde para el paciente y no llegues a ver el beneficio clínico. Pero al menos deberías ver la actividad antiviral. Si es que es un antiviral».

Y algunos científicos van más allá y hablan de la baja calidad de las investigaciones que salen de su laboratorio: “hace un tiempo que la reputación de Raoult entre los científicos ha desaparecido. Sus investigadores, con él a la cabeza, producen una cantidad extraordinaria de publicaciones, pero, ¿Dónde está la calidad?… Es muy fácil publicar cuando sabes cómo funciona la publicación.»

Seguimos a vueltas con el ensayo

Más allá de sus errores y omisiones aparentes, el diseño del estudio (su pequeño tamaño, su control defectuoso, la asignación no aleatorizada de pacientes a los grupos de tratamiento y control) se criticó ampliamente y se aseguró que sus resultados carecían de sentido.

Incluso el prestigioso científico que fuera asesor de Trump, Fauci, calificó de «anecdóticos» los resultados de Raoult.

El bioestadístico que analizó el documento en nombre del comité asesor de coronavirus del gobierno francés escribió que era «imposible interpretar el efecto descrito en el mismo como atribuible al tratamiento con hidroxicloroquina».

Muchos científicos se quedan bajo la sombra de la duda y no dan un veredicto sobre la eficacia o no del tratamiento, pero sí que aseguran que hace falta un buen estudio:

“La gente a veces dice: Si el paciente mejora, es por el medicamento, y si empeora, es por el virus. Y eso no es necesariamente cierto. Pero justo por eso es imprescindible hacer un estudio bien dirigido, aleatorizado y controlado con placebo, si quieres mostrar algo «.

Es posible que la hidroxicloroquina y la azitromicina sean un tratamiento efectivo para COVID-19. Muchos, decenas de miles de las personas que han padecido la enfermedad y se han curado, lo han tomado y así lo piensan. Pero la discusión científica existe, y sigue, hasta que las pruebas sustituyan de manera verificable a las opiniones.

Pero Raoult se mantiene fiel y firme en sus argumentos:

«He inventado unos diez tratamientos en mi vida. La mitad de ellos se recetan en todo el mundo. Nunca he hecho un estudio doble ciego. Pero nunca hice nada al azar.

Y honestamente, no podría haber imaginado que desencadenaría una polémica como ésta. Porque según veo yo esta historia, es extremadamente sencillo: aparece una enfermedad; hay un medicamento que es barato, de cuya seguridad sabemos todo porque hay dos mil millones de personas que lo toman; lo prescribimos y cambia lo que cambia. Puede que no sea un producto milagroso, pero es mejor que no hacer nada, ¿no?”

Y justo ahí está el debate.

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