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Salud

¿Volverán las viejas epidemias que asolaron a la humanidad?

22 febrero, 2020

Eduardo Costas
Catedrático de Genética de la UCM
ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA NACIONAL DE FARMACIA

Victoria López Rodas
Catedrática de Génética de la UCM
Miembro del Comité de Expertos de la Agencia Española del Medicamento

Rocío Martínez
Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria.
Investigadora en la Cátedra de Genética de la Facultad de Veterinaria de la UCM

El verano está a punto de comenzar. Corre el año 428 a.C. Una vez más, la liga del Peloponeso, capitaneada por Esparta, ha ido a la guerra invadiendo el territorio de Ática. Enfrente tienen a la ciudad más desarrollada del mundo: Atenas. Su líder es Pericles, el mejor estadista de la antigüedad.

Atenas cuenta con un ejército formidable: más de 50.000 soldados. Pericles es optimista. Atenas tiene muchas posibilidades de salir airosa.

Inesperadamente se desata la tragedia. En palabras de Tucídides, “Sobrevino a los atenienses una terrible epidemia, la cual atacó la ciudad (…) Jamás se vio, en parte alguna, azote semejante y víctimas tan numerosas”.

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La peste que asoló Atenas cambió la Historia

La epidemia se ceba en los 29.000 hoplitas que constituyen la élite del ejército ateniense. También termina con la gran mayoría de sus 12.000 jinetes. Atenas está derrotada antes de la batalla.

Pero la peste no entiende de clases sociales y pronto se ensaña con los civiles. Y con los políticos. Hasta el gran Pericles sucumbe a la plaga.

Tendrán que pasar casi 25 siglos hasta que un discípulo de Luis Pasteur, el iconoclasta Alexandre Yersin, descubra la causa de aquella y otras tragedias: una bacteria que en su honor se llamará Yersinia pestis.

Yersinia pestis cambió muchas veces el curso de la historia: fue esencial en el declive de Cartago frente a Roma. También debilitó a Roma en el siglo II de nuestra era, produciendo una devastación tan espantosa que le costará la vida incluso al emperador Marco Aurelio. Y repetirá con más fuerza en el siglo III.

Roma, devastada por la peste, jamás recuperará su pujanza.

También asolará al imperio Bizantino frenando el esplendor de Justiniano. En el año 542 la peste acabó con más de la mitad de los habitantes de su imperio.

El historiador Procopio la describirá con toda crudeza prediciendo que la peste extinguiría para siempre a todos los seres humanos del mundo…

Estamos familiarizados con las grandes epidemias de peste que durante la edad media acabaron con un tercio de los europeos. Pero en otros lugares fue peor. Durante el último milenio la peste mató en un par de ocasiones a entre el 60 y el 90% de las poblaciones de China e India.

Para nuestra desgracia, la peste producida por Yersinia no fue la única gran plaga que asoló a la humanidad. Tal vez, ni siquiera fue la peor.

El tifus (un grupo de enfermedades infecciosas producidas por varias especies rickettsia, y que fue esencial en el declive de los musulmanes durante la Reconquista), las fiebres tifoideas (producidas por salmonella) o la escarlatina (producida por Streptococcus pyogenes) han matado a más seres humanos que Yersinia pestis.

Solo la PENICILINA salvó más de
200
millones de vidas
La resistencia a los antibióticos, en el año
2050
matará a más personas que el cáncer
En las últimas décadas el uso generalizado de las vacunas ha salvado
1.500
millones de vidas
El viernes 11 de agosto de
1978
Janet Parker se convirtió en la última víctima de la viruela en el mundo, tras más de 300 millones de muertes.

Las bacterias mataron a más gente que todas las formas de violencia juntas… y 80 años han bastado para que les perdamos el miedo

Desde que los humanos empezamos a vivir en asentamientos fijos con altas densidades de población y rodeados de ganado, las enfermedades infecciosas han matado a mucha más gente que todas las guerras, asesinatos y otras formas de violencia juntas.

Morir de una infección bacteriana siempre fue muy fácil. Tanto que era normal que los padres enterrasen a muchos hijos.

Y de las enfermedades bacterianas no se libraban ni siquiera los más adinerados.

Charles Darwin, el gran científico, fue un hombre muy rico que venía de una familia de médicos brillantes. Y pese a ello, tres de sus hijos sucumbieron de pequeños a las enfermedades infecciosas.

Sin embargo, los seres humanos olvidamos pronto. Ya no le tenemos miedo a las enfermedades bacterianas.

Las personas que hoy en día vivimos sobre la Tierra tuvimos a nuestra disposición antibióticos y vacunas, las dos armas que nos permitieron derrotar a las bacterias patógenas.

Y aunque la producción masiva de antibióticos empezó hace tan solo 80 años, ya fue tiempo suficiente para hacernos olvidar la amenaza de las enfermedades infecciosas bacterianas.

La sustancia milagrosa

Los antibióticos son sustancias que matan o inhiben el crecimiento de microorganismos. A menudo son sintetizados por algunas especies de microorganismos para eliminar a otras especies, como es el caso de la penicilina, primer y más conocido antibiótico, que fue descubierto por Alexander Fleming en 1928. Otros son sintetizados químicamente.

Los antibióticos tienen diferentes formas de actuar: algunos, como la penicilina, bloquean la construcción de la pared celular de las bacterias. Otros bloquean la síntesis del ADN o del ARN. Muchos antibióticos actúan sobre los ribosomas bacterianos (que son los orgánulos donde se produce la síntesis de proteínas).

El resultado final es que los antibióticos, o bien impiden el crecimiento de las bacterias (bacteriostáticos), o bien las matan (bactericidas).

Los antibióticos constituyen uno de los más grandes avances de la medicina moderna (para bastantes autores, el mayor de todos). Se estima que solo la penicilina salvó más de 200 millones de vidas.

Pero su uso generalizado, que tan necesario es para la salud pública, conduce a una paradoja: mientras más los utilicemos, menos eficaces serán.

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Así empezamos a perder otra vez ‘la guerra’ contra las bacterias

Las bacterias patógenas llevan mucho más tiempo sobre la Tierra que los seres humanos y es muy posible que hayan perdido una batalla. Pero están lejos de perder la guerra.

De hecho, las bacterias disponen de varios mecanismos que les permiten desarrollar resistencia a los antibióticos.

Imaginemos que tomamos un antibiótico para combatir a una infección bacteriana. En los primeros momentos morirán las bacterias más sensibles. Después irán desapareciendo las que son un poco menos sensibles a los antibióticos. Al final solo quedarán las bacterias más resistentes.

Así que, si suspendemos el tratamiento con antibiótico antes de que hayan muerto todas las bacterias, el resultado es que quedarán vivas las que son más resistentes… y transmitirán esa resistencia a sus descendientes.

Tras este tratamiento con antibióticos las bacterias serán un poco más resistentes. Y a medida que repitamos el proceso, la resistencia aumentará progresivamente.

Cuanto más utilicemos un antibiótico, menor será su eficacia.

Pero también está la amenaza del funesto azar: una mutación hace a la bacteria resistente, antes incluso de que exista el antibiótico.

Sorprendentemente, el mecanismo genético esencial por el que las bacterias consiguen su resistencia a los antibióticos parece ir en contra de nuestra lógica.

Inicialmente, la resistencia a los antibióticos se debe a que en alguna bacteria se produce una mutación (un cambio en un gen) que le permite resistir al antibiótico. Los descendientes de esta bacteria mutante heredan la mutación y son resistentes al antibiótico. Lo sorprendente es que los antibióticos no influyen para nada en que aparezcan estas mutaciones.

En los años cuarenta, Salvador Luria y Max Delbrück descubrieron que estas mutaciones que confieren resistencia aparecen por azar, antes incluso de que la bacteria esté en contacto con los antibióticos.

Por suerte, la frecuencia de aparición de estas mutaciones es muy baja (aproximadamente una entre un millón o menos).

El tratamiento con antibióticos no influye para nada en la aparición de estos mutantes resistentes: solo selecciona a las bacterias que por una mutación ocurrida al azar ya eran resistentes a los antibióticos.

Luria y Delbrück demostraron esto mediante un complejo experimento: el análisis de fluctuación. Lo que muchos expertos en ciencia consideran que es el experimento mejor diseñado de la historia de la humanidad. Por supuesto ganaron el Premio Nobel.

El hecho de que la resistencia a los antibióticos aparezca primeramente por una mutación que ocurre al azar, antes de que la bacteria se vea expuesta al antibiótico, no es una buena noticia.

Porque es muy probable que lleguemos a descubrir nuevos antibióticos, pero es seguro que las bacterias que tienen una mutación que les permite resistir a ese antibiótico todavía no descubierto ya están presentes entre nosotros. Eso sí, en un número muy bajo.

Este año morirán en el mundo un millón de personas infectadas por bacterias resistentes a los antibióticos.
Para esta nueva batalla necesitamos fármacos diferentes y herramientas novedosas

En 2018 hubo en España 8 veces más muertos por resistencia a los antibióticos que por el tráfico

Combatir a las bacterias resistentes a los antibióticos va a ser una lucha sin fin. Y evitar que mueran millones de personas por efecto de ellas va a ser difícil.

Porque, tras un corto período de bonanza que no llega a 100 años, la resistencia a los antibióticos podría convertirse en el principal problema de salud pública al que nos enfrentemos en los próximos años.

Y es que en la lucha contra las bacterias, la única manera de conseguir mantenerlas a raya es encontrar nuevos antibióticos fármacos diferentes y herramientas novedosas (por ejemplo, virus bacteriófagos) que las destruyan. Y no va a ser fácil. Debemos dedicar a ello ingentes esfuerzos.

Pero sorprendentemente, aunque se trata de un problema de excepcional gravedad no parece preocuparnos.

Por ejemplo, estamos muy concienciados sobre los accidentes de tráfico. Nos parece una lacra inasumible y gastamos verdaderas fortunas en campañas de prevención y en medios para sancionar infractores (helicópteros Pegasus, drones, radares, controles de alcoholemia, Guardia Civil, etc.).

Sin embargo, el año pasado murieron en España 8 veces más personas como resultado de enfermedades producidas por bacterias resistentes a los antibióticos que por accidentes de tráfico. Y estamos muy lejos de dedicar, para combatir y prevenir la resistencia a antibióticos, una cantidad parecida a la que dedicamos a prevenir los accidentes de tráfico.

Este año morirán alrededor de un millón de personas en el mundo infectadas por bacterias resistentes a los antibióticos. Y el problema aumenta con extraordinaria rapidez: varios reputados epidemiólogos estiman que para el año 2050 ya morirán en el mundo más personas por bacterias resistentes que por cáncer.

Es necesario declarar, cuanto antes, la guerra a la resistencia a los antibióticos. En todos los frentes.

Desde conseguir un uso más racional de los antibióticos que minimice la aparición de resistencias, hasta desarrollar nuevos antibióticos y herramientas terapéuticas contra las bacterias.

Si no lo hacemos pagaremos las consecuencias. Unas consecuencias terribles. Puede faltar muy poco para que el fantasma de las viejas plagas que cambiaron la historia vuelva a cernirse sobre la civilización.

VACUNAS

La cada vez más denostada herramienta que ya ha salvado 1.500 millones de vidas

El 26 de octubre de 1977, un joven somalí de 23 años se infectaba por viruela. Sería el último caso de infección natural por viruela. Nueve meses más tarde, el viernes 11 de agosto de 1978, Janet Parker -una trabajadora de la Facultad de Medicina de Birmingham- se sintió mal. Se había infectado por viruela manipulando incorrectamente unas muestras del virus. Se convertiría en la última muerte por viruela en el mundo.

Desde que empezaron a llevarse las cuentas la viruela mató a más de 300 millones de personas (y se lo hizo pasar muy mal a más de 1.000 millones). Pero a día de hoy el virus de la viruela se ha extinguido.

Lo logró una campaña de vacunación masiva de la OMS contra la viruela.

Sin duda alguna las vacunas son el método más eficaz del que disponemos para prevenir las enfermedades infecciosas, tanto bacterianas como virales.

Las estadísticas son demoledoras: en las últimas décadas el uso generalizado de las vacunas ha salvado la vida de, al menos 1.500 millones de personas.

Antes de que hubiese vacuna muchos padres estaba atemorizados con la llegada del verano. Con el calor se desataban epidemias de polio que a veces arrasaban las ciudades. Muchos de los niños afectados sufrían parálisis, terribles deformaciones y a veces morían.

A principios de los años 50 hasta 20 personas de cada 100.000 contraían poliomielitis severa con la llegada del buen tiempo. De ellos, uno de cada siete moría. En 1952 se produjeron 3.005 casos graves en España.

La polio está causada por un tipo de enterovirus, un poliovirus, que llega a la víctima a través del agua (o de alimentos que han estado en contacto con materia fecal).

Pero hoy la polio ya no nos preocupa: según la OMS hemos recorrido el 99% del camino hacia su total desaparición. En 1988 las infecciones severas de poliomielitis afectaron a más de 350.000 personas en el mundo. Durante 2015 solo resultaron afectadas 293. Y la gran mayoría de los casos se dan en solo 3 países: Afganistán, Pakistán y Nigeria. Sólo queda un empujón. ¿O no?
En contra de toda lógica, cada vez más personas se muestran escépticos ante lo que muchos epidemiólogos consideran el mayor éxito de la medicina: las vacunas.

Internet rebosa de argumentos falaces (y en su gran mayoría estúpidos) en contra de las vacunas: desde que son ineficaces hasta que producen autismo.

Pongamos un ejemplo de como se construye un argumento anti-vacunas: es probable que alguna persona muriese en accidente de tráfico mientras se dirigía a vacunarse… de rubeola, por ejemplo. Como realmente hoy no muere nadie de rubeola (en 2016 la OMS declaró a España libre de rubeola) con el fallecido en coche un ‘anti-vacunas’ sostendría que es más peligroso vacunarse
Y es evidente que vacunarse, como cualquier actividad humana, implica un riesgo ínfimo, prácticamente cero, pero no nulo del todo. Mientras la mayoría de la población esté vacunada, la protección estará asegurada. Pero en cuanto se relaje la vacunación, los problemas volverán.

Eso ocurrió con la rubeola en España. En enero de este año hubo un brote de rubeola en Zaragoza. Afectó a 12 personas. Ninguna estaba vacunada. Fuimos un país libre de rubeola solamente durante dos años…

Desde la posición más egoísta, lo mejor sería que toda la humanidad estuviese vacunada contra todo, y yo no hacerlo.

Pero el hecho terrible es que un porcentaje significativo de la población no se está vacunando. Las estadísticas de la OMS no dejan duda: más de 2 millones de personas mueren al año en el mundo por no estar vacunadas. Y muchas más sufren terribles secuelas. ¿Puede compararse a esto el daño producido por las vacunas?

‘Condena’ a una muerte horrible

Recientemente, una niña a la que sus padres no habían vacunado contrajo el tétanos. Morir de tétanos es horrible. De las peores muertes posibles.

Comienza con pequeños calambres en la cara que se extienden por el cuerpo hasta convertirse en espasmos severos que desgarran los músculos y pueden romper los huesos. Incluso pueden partir la columna vertebral. Y la muerte se acaba produciendo por asfixia. Con un macabro rictus de sonrisa, al contraerse los músculos de la boca.

¿Tienen esos padres derecho a condenar a su hija a una muerte tan espantosa?

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