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Sin ánimo de amargar la fiesta… Con estos datos de las nuevas variantes, necesitamos un plan B

  • La OMS acaba de lanzar una seria advertencia: Incluso los países con las tasas de vacunación más altas deben prepararse para posibles variantes que eviten la vacuna
  • Un 6% de los vacunados con el patrón completo se contagian, pero en los que solo tienen una dosis esta cifra puede alcanzar al 23%
  • Cepa india: En el mayor hospital de Delhi el 60% de los sanitarios de la UCI se contagiaron de Covid-19, aunque tenían la pauta completa

18 mayo, 2021


Eduardo Costas
Catedrático de Genética de la UCM
ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA NACIONAL DE FARMACIA

Cansados de las restricciones que la lucha contra la pandemia del coronavirus introdujo en nuestras vidas, el fin del estado de alarma nos llena de optimismo. Relajamos las precauciones, incrementamos nuestra movilidad y hacemos más vida social.

La idea de que lo peor de la crisis de la Covid-19 ya es cosa del pasado gana adeptos a marchas forzadas.

Aunque en este país hemos sido incapaces de derrotar al SARS-CoV-2 mediante medidas de salud pública (contrariamente a lo que hicieron países tan diversos como Nueva Zelanda, Australia, Taiwan, Corea del Sur, Vietnam, o Ghana), optimistamente fiamos nuestra esperanza en la eficacia de la vacunación.

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Prácticamente todos los que gestionan la pandemia anuncian triunfalmente que pronto alcanzaremos el 70% de vacunados que ellos consideran que nos dará la inmunidad de rebaño y con ella el ansiado final del coronavirus. Muy pronto la vida volverá a ser como antes, sino mejor.

¿O no?

¿Podemos cantar victoria con la Covid-19?

En 1663 la Royal Society of London for Improving Natural Knowledge, sin duda la sociedad científica más influyente de la historia de la humanidad, adoptó como lema la locución latina Nullius in verba («en la palabra de nadie»). Una especie de «máxima» que dice claramente que la ciencia no se dedica a confiar en los argumentos de autoridad sino que, muy al contrario, la ciencia debe basarse solamente en demostraciones extremadamente rigurosas.

Sin embargo, los seres humanos no estamos acostumbrados a pensar así.

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A partir de los estudios pioneros del premio Nobel de Economía 2002, Daniel Kahneman, en las últimas décadas se han estudiado rigurosamente los procesos que seguimos los seres humanos a la hora de interpretar la realidad. Los resultados indican que a menudo caemos en una serie de «sesgos cognitivos» que nos llevan a interpretaciones falaces de la realidad.

Kahneman descubrió que, en la mayoría de los casos, los seres humanos utilizamos el llamado «pensamiento rápido». Tomamos la mayoría de nuestras decisiones en muy poco tiempo, con un alto grado de intuición y sin realizar un análisis riguroso de la situación.

Esto es así porque durante la mayor parte de nuestra historia vivimos en pequeños grupos ganándonos la vida como cazadores-recolectores.

En ese ambiente la supervivencia depende a menudo de decidir muy rápidamente y con pocos datos. Es más probable que quien escapase a toda velocidad al intuir por el rabillo del ojo lo que remotamente se parecía a la sombra de un leopardo, tuviese más posibilidades de sobrevivir que quien dotado de una mente más inquisitiva, antes de escapar buscase pruebas rigurosas de que efectivamente esa difusa sombra era en realidad de un leopardo.

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Nos traiciona nuestro cerebro

En buena medida este pensamiento rápido condiciona el llamado «sesgo de confirmación».

El sesgo de confirmación consiste en que a menudo adoptamos una idea muy rápidamente tras examinar tan solo una parte muy pequeña de la información disponible. Casi siempre se trata de una idea que nos interesa. También suele ser la idea que comparte nuestro grupo más cercano.

Kahneman descubrió que a partir de ese momento buscamos solamente los datos que confirmen lo que creemos, aunque sean pocos y de escaso rigor, mientras que tendemos a ignorar las pruebas que indican lo contrario, aunque sean muchas más e infinitamente más rigurosas.

Además, Kahneman descubrió que había otro proceso mental -el llamado «pensamiento lento»– que solo empleamos en muy raras ocasiones, a menudo tras muchos años de entrenamiento riguroso. Este pensamiento lento es el que permite por ejemplo el desarrollo de las matemáticas.

Los mapas de actividad cerebral distinguen bien cuando utilizamos el pensamiento rápido (casi siempre) y cuando empleamos el lento (en contadas ocasiones).

Sin duda queremos que pase la Covid-19 cuanto antes. Y mediante el sesgo de confirmación nos resulta fácil aferraremos a la idea de que ya le queda poco. Podemos encontrar a mucha gente que confirme nuestra creencia.

Indudablemente hay muy buenas noticias. Los datos de contagios, muertes y ocupaciones de UCIs son mucho mejores que los que se producían en los peores picos de la pandemia. Las cifras de vacunados se incrementan a diario. Y las vacunas están resultando ser muy eficaces.

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La realidad y el deseo no son lo mismo

Se acerca el verano y por fin parece que gozaremos de unas buenas vacaciones.

Pero lo que nosotros queremos que sea no tiene por qué ser la realidad.

Desafortunadamente en lo que pensamos sobre la pandemia de la Covid podemos encontrar un buen ejemplo del sesgo de confirmación.

Vale la pena recordar cómo al principio de la pandemia las predicciones de nuestras autoridades eran que en España casi no habría casos y, por supuesto, no habría muertos porque teníamos la mejor sanidad del mundo.

El sesgo de confirmación nos hizo pensar que el coronavirus era cosa de los chinos y de otros países atrasados (aunque China sea un coloso científico y tecnológico en comparación con nosotros).

Entonces la pandemia nos golpeó duro, sin que ni siquiera tuviésemos suficientes EPIs, mascarillas, respiradores, camas de UCI o personal sanitario.

Incluso la propia Organización Mundial de la Salud falló garrafalmente. Por ejemplo, tardó demasiado en declarar el estado de alarma y se negó durante mucho tiempo a aceptar la evidencia de que la transmisión aérea era la principal vía de contagio.

Desafortunadamente seguimos en la misma línea.

Los hechos son preocupantes

En medio de las buenas noticias hay una serie de hechos que siguen siendo preocupantes.

Aunque las vacunas son bastante eficaces para impedir que los inmunizados padezcan formas graves de la Cocid-19, no hemos conseguido vacunas esterilizantes.

Así, los vacunados pueden contagiarse de Covid-19 (aunque padecerán una forma tan benigna de la enfermedad que en muchos casos ni se darán cuenta) y seguir contagiando a otras personas.

Por ejemplo, a finales de Abril había en Estados Unidos 95 millones de personas con la pauta completa de vacunación. De ellas 9.045 se infectaron, 835 necesitaron hospitalización y 132 murieron.

Las vacunas son extraordinariamente eficaces (sin vacunas de esos 95 millones probablemente hubiesen muerto decenas de miles de personas). Pero no infalibles.

En este sentido los estudios más recientes indican que hasta un 6% de las personas vacunadas con el patrón completo se contagian al estar expuestas al SARS-CoV-2, mientras que en las que solo tienen una dosis esta cifra puede alcanzar al 23%.

Incluso alrededor de un 0.6% de las personas que padecieron Covid-19 con síntomas graves, se reinfectan al contacto con el virus.

Pero las cosas podrían empeorar.

Los datos de la nueva variante india son extraordinariamente preocupantes

En el mayor hospital de Delhi – el Hospital Lok Nayak Jai Prakash Narayan- el 60% de los sanitarios de la UCI se contagiaron de Covid-19 aunque tenían la pauta completa de vacunación. De momento en otros hospitales de la India la cifra alcanzó a algo más del 20% de los sanitarios.

Aunque las cepas de Reino Unido, Sudáfrica y Brasil eran más peligrosas que las originales, parece que la cepa de la India es todavía peor.

La OMS (que tanto pecó de excesiva prudencia durante esta pandemia) acaba de lanzar una seria advertencia: «Incluso en los países con las tasas de vacunación más altas, las capacidades de salud pública deben fortalecerse para prepararse para la posibilidad de variantes que eviten la vacuna y para futuras emergencias».

En las últimas décadas hemos empezado a comprender el efecto de los sucesos denominados «cisnes negros». Un cisne negro es un acontecimiento muy raro, generalmente imprevisible, pero que cuando ocurre tiene una influencia enorme, cambiando el curso de la historia. Las pandemias (como la gripe de hace 100 años) son un buen ejemplo de un «cisne negro».

Aunque no podemos prever la ocurrencia de un cisne negro sí podemos prepararnos para su aparición. Por ejemplo, algunos de los más brillantes economistas desarrollaron estrategias para que sus carteras de inversión no sufran pérdidas significativas cuando se desatan las grandes crisis bursátiles imprevistas.

La aparición de un mutantes de escape, una cepa aún peor que la «cepa india», es un «cisne negro» que amenaza nuestra vuelta a la normalidad.

¿No sería mejor tener un plan B?

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