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¿Todavía tienes dudas sobre las vacunas contra el coronavirus? 12 respuestas médicas

  • La Asociación Española de Pediatría, la Asociación Española de Vacunología, la Sociedad Española de Inmunología, la Sociedad Española de Microbiología y la Sociedad Española de Virología han hecho público un documento para aclarar todas las dudas
  • El  manifiesto pide el compromiso de toda la población de recibir las vacunas porque "es la única esperanza real de que disponemos"

07 enero, 2021

Rebeca Gil
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Un año después de la aparición del coronavirus SARS-CoV-2, causante de la pandemia COVID-19, la ciencia ha logrado producir millones de vacunas que ya están llegando a la población. Y ahora se incorpora una más que nos ayudará a agilizar y reducir los tiempos de la vacunación. Y más que llegarán en un alarde de trabajo intenso y buen hacer de los científicos, a los que algún día deberíamos agradecerles su entrega sin descanso durante estos meses.

Además, en estos meses hemos podido asistir a esta gesta científica casi en tiempo real gracias a la gran cantidad de información que hemos ido teniendo a tan solo un clic. Pero este exceso de información también ha provocado lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha denominado como “infoxicación” e “infodemia”. Y es que en algunas ocasiones podemos malinterpretar muchos de los millones de datos que recibimos.

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En el caso de la vacuna contra el coronavirus, la “infoxicación” ha llegado a comprometer la confianza de la población en lo que, ahora mismo, es la única vía de escape de la pandemia.

Y es que la importancia de la vacunación contra el SARS-Cov-2 es tal, que instituciones científicas como la Asociación Española de Pediatría, a través de su Comité Asesor de Vacunas (CAV-AEP), la Asociación Española de Vacunología (AEV), la Sociedad Española de Inmunología (SEI), la Sociedad Española de Microbiología (SEM) y la Sociedad Española de Virología (SEV), han hecho público un documento para aclarar todas las dudas que los ciudadanos pudieran tener al respecto de la administración de la vacuna.

¿En qué consisten las vacunas contra el SARS-CoV-2?

Aunque todavía hay muchas vacunas contra la Covid-19 en fase de investigación, dos de ellas ya destacan por los resultados que ofrecen: la vacuna de Pfizer-BioNTech y la vacuna de Moderna. Estas vacunas han sido aprobadas por la Administración Americana de Fármacos y Alimentos (FDA por sus siglas en inglés), y ya también por la Agencia Europea de los Medicamentos (EMA).

Las dos se han desarrollado con la tecnología del ARN, no utilizada en humanos hasta ahora. El ARN mensajero es una molécula natural que producen nuestras propias células humanas y contiene la información necesaria para la producción de las proteínas constituyentes de cada célula.

Las vacunas ya aprobadas consisten en ARN mensajeros modificados para producir la proteína S del SARS-CoV-2. Este ARN modificado llega al interior de las células humanas, donde se producirá la proteína S.

Al reconocer esa proteína como algo extraño nuestro sistema inmunológico genera anticuerpos e inmunidad celular contra ella. Y lo más importante, todo ello sin riesgo de que ese ARN mensajero pueda integrarse en el ADN de nuestras células.

La forma de inmunización de estas vacunas es similar a otras como la de la difteria, el tétanos y la tos ferina.

La diferencia de las vacunas frente a la COVID-19 con las de otras enfermedades, es que en estas últimas se administran las proteínas contra las que pretendemos inmunizarnos, mientras que en las del coronvairus se administra el material genético encargado de producir dichas proteínas, pero el resultado final es el mismo.

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¿Son seguras las vacunas contra el SARS-CoV-2?

La seguridad de una vacuna es lo primero que se comprueba cuando se llega a la fase de investigación con seres humanos. Las vacunas son fármacos que se administran, por regla general, a personas sanas y por ese motivo se les exige el máximo nivel de seguridad.

Si una vacuna causa efectos adversos graves y se considera que no es segura y se suspende la investigación de forma inmediata.

Tradicionalmente la seguridad de las vacunas se ensaya en animales de laboratorio y posteriormente con un número reducido de personas voluntarias. Pero en el caso de las vacunas contra la COVID-19, se ha vacunado a decenas de miles de personas antes de su aprobación.

Las primeras vacunaciones para evaluar la seguridad de las vacunas de Moderna y Pfizer-BioNTech comenzaron en marzo y mayo respectivamente, lo que significa que la seguridad de las vacunas ha sido evaluada como mínimo durante un periodo que oscila entre 7 y 9 meses.

Únicamente se han observado efectos leves o moderados (fiebre, inflamación local, dolor de cabeza, malestar, fatiga, etc.), que son comunes a otras vacunaciones. En ningún caso se han detectado efectos graves.

Pero, además, como estas vacunas han sido probadas en decenas o centenares de miles de personas, va a ser más fácil realizar el seguimiento de efectos adversos infrecuentes, que pueden ocurrir en menos de 1 por cada 10 000 personas, y que también se dan en otras vacunas.

A esto se suma que el seguimiento de los voluntarios inicialmente vacunados en las fases I, II y III permitirá detectar si existen efectos adversos a largo plazo.

Estos efectos infrecuentes y/o a largo plazo tienen que ver con la propia variabilidad biológica de cada persona. Del mismo modo que existen personas con alergias a determinados medicamentos, alimentos, etc., también se pueden desarrollar efectos adversos a alguno de los componentes de las vacunas.

La amplia mayoría de las vacunas comercializadas hasta el momento han demostrado una seguridad muy elevada tanto a medio como a largo plazo, que es lo que cabe esperar también con estas nuevas vacunas.

¿Qué eficacia tienen las vacunas contra la Covid-19?

Al igual que ha ocurrido en las fases de seguridad, el número de vacunados para evaluar la eficacia de estas vacunas ha sido de decenas de miles de personas, que es significativamente mayor que con otras vacunas.

Las vacunas de Moderna y Pfizer-BioNTech han demostrado, hasta el momento, eficacias del 94,5 % y 95 % respectivamente. Estos datos se obtuvieron tras vacunar a 30.400 y 43.448 voluntarios con las vacunas de Moderna, y Pfizer-BioNTech respectivamente.

Aproximadamente la mitad de cada grupo de voluntarios recibió la vacuna y la otra mitad recibió placebo. Tras evaluar los casos de COVID-19 a lo largo del tiempo en ambos grupos, se observaron los siguientes casos de la enfermedad: 5 infectados entre los que recibieron la vacuna de Moderna y 90 entre los que recibieron el placebo; y 8 infectados entre los vacunados con la Pfizer-BioNTech frente a los 162 infectados que recibieron un placebo.

Estos datos revelan que la eficacia de las dos vacunas es importante y permitiría que vacunando al 60-70 % de la población se alcanzaría un nivel de inmunidad de grupo suficiente.

¿Si me vacuno no me infectaré?

Los datos de las vacunas de Moderna y Pfizer-BioNTech no permiten saber si evitan la infección por SARS-CoV-2, pero sí reducen la probabilidad de que la enfermedad se padezca de forma más grave.

Esto significa que una persona vacunada puede ser portadora sintomática o asintomática del virus y, por tanto, parece que la vacuna no evitaría la transmisión del virus, pero sí evitaría padecer la Covid-19.

La prevención de la enfermedad, sin prevenir la infección, también es común a otras vacunas. Por ejemplo, la vacuna contra la tosferina, que no impide el contagio, pero si neutraliza la enfermedad.

¿Y esto que significa? Pues que hasta que alcancemos la inmunidad colectiva, vamos a tener que seguir cumpliendo con las medidas de distanciamiento físico, la reducción de aforos y el uso de mascarillas.

¿Cuánto tiempo dura la inmunidad de estas vacunas?

Como los primeros voluntarios fueron vacunados entre marzo y mayo de este año, el periodo máximo en el que se pueden evaluar la respuesta de anticuerpos o la inmunidad celular es de 7 a 9 meses.

Analizados los datos de personas infectadas, que no vacunadas, con el SARS-CoV-2, indican que la infección natural proporciona una inmunidad duradera, detectándose anticuerpos hasta 3 meses después de la infección inicial.

Y aunque estos hallazgos no pueden extrapolarse a los que se obtendrán mediante la vacunación, se estima que la inmunidad que otorga la vacunación será, probablemente, tan potente o más que la conferida por la infección natural.

Y si el coronavirus muta ¿Sirven estas vacunas?

Las dos vacunas aprobadas están basadas en la inmunización contra la proteína S del virus, aunque éste contiene también otras proteínas estructurales.

El que los virus mutan es una realidad innegable ya que es su mecanismo natural para evolucionar. Hasta la fecha se han documentado múltiples mutaciones en el genoma del SARS-CoV-2, y algunas de ellas podrían provocar cambios en las proteínas de su estructura.

Y aunque la proteína S parece no cambiar más de lo que lo hacen otras partes del coronavirus, no es posible prever cómo va a evolucionar el virus una vez iniciada la vacunación masiva.

Solo si se produjera una mutación importante en la proteína S, las vacunas podrían ver reducida su efectividad. En ese caso, existe la posibilidad de reformular los la composición de la vacuna con la información correspondiente al nuevo virus, del mismo modo que se hace cada año con la vacuna de la gripe.

¿Y por qué todavía no hay vacuna contra otras enfermedades como el VIH?

No, la disponibilidad y el desarrollo de vacunas encuentra a veces limitaciones debido entre otras causas al agente patógeno. Así la variabilidad y los cambios que experimenta el microorganismo puede evitar el éxito del desarrollo de una vacuna eficaz.

En el caso del SARS-CoV-2 tenemos la ventaja de que es un virus con una frecuencia de mutación no demasiado alta si lo comparamos con los virus de la gripe o el VIH, por ejemplo. Este es el motivo por el que la vacuna contra la gripe tenga que ser renovada año tras año.

También es el motivo por el que tras 40 años de convivencia con el VIH no tengamos una vacuna efectiva contra este virus. En el contexto de la COVID-19, la ciencia ha realizado un progreso sin precedentes para desarrollar vacunas eficaces en menos de un año.

¿Cómo ha sido posible desarrollar estas vacunas tan rápidamente?

El desarrollo científico y tecnológico actual, además de la situación de catástrofe sanitaria global, ha posibilitado que tanto la comunidad científica, como la económica y la política, hayan sido capaces de aunar esfuerzos en la lucha contra la pandemia COVID-19.

Además, si lo normal es que para desarrollar una vacuna preventiva se necesiten al menos 10-15 años de desarrollo, en el caso de las vacunas frente a COVID-19, los procedimientos y las fases de los ensayos clínicos y producción de las vacunas se han acelerado de la siguiente manera.

– Por un lado, la fase preclínica, en la que se investigan los posibles candidatos a vacuna en el laboratorio, se ha reducido significativamente gracias al conocimiento previo de otros coronavirus, como el SARS-CoV-1 y el MERS-CoV.

No hay que olvidar que la secuenciación del genoma del SARS-Cov-2, se obtuvo en un tiempo récord. Además, también se comprobó rápidamente que, igual que con los anteriores coronavirus, la proteína S jugaba un papel fundamental, permitiendo identificar esa proteína como candidata a ser la diana de una vacuna.

Por otro lado, las tecnologías de vacunas basadas en el ARN mensajero ya estaban siendo desarrolladas como estrategias vacunales frente al cáncer, lo que ha permitido el “reciclaje” y readaptación de desarrollos tecnológicos ya existentes.

Finalmente, las fases de los ensayos en humanos se han acelerado considerablemente debido al solapamiento que se ha autorizado para poder llevar a cabo las diferentes fases clínicas (fases I, II y III).

Si habitualmente una fase clínica comienza, por motivos operativos y de costes, cuando ha concluido la fase anterior, en este caso superado estas dificultades y acelerado el proceso.

Y otro dato no menos importante, se han desarrollado las infraestructuras necesarias para la producción de millones de vacunas antes de tener ningún dato sobre la eficacia o seguridad de estas.

Este es un riesgo que han asumido las empresas encargadas de la producción de vacunas gracias, en parte, a la importante inversión de algunos países, entre ellos los europeos.

¿Es normal tener dudas sobre la vacunación contra la COVID-19?

Aquí desempeñan un papel importante dos factores: el lógico y normal miedo ante lo desconocido y el exceso de información no contrastada recibida por la población en lo referente a las vacunas contra la COVID-19.

Es lógico y comprensible dudar sobre todo lo relacionado con una enfermedad que hasta hace un año ni siquiera existía.

La “infodemia” o “infoxicación” a la que ha estado expuesta la población sería el equivalente a invitar a una persona que necesita someterse a una cirugía cardiaca a visualizar una intervención quirúrgica similar en directo, recibiendo la información puntual del desarrollo de ésta.

En el caso de las vacunas contra la COVID-19, la población, como receptor final de las mismas, ha asistido casi diariamente a los progresos realizados, incluidos los incidentes de las fases clínicas. Y aunque finalmente se ha descartado su relación con la vacunación, el conocerlos ha contribuido a crear un clima de confusión, duda y desconfianza ante las vacunas.

Por ello, las sociedades científicas quieren destacar que “todas las vacunas de nuestro calendario vacunal, desde las más antiguas hasta las más recientes, han seguido los mismos pasos que las vacunas frente a la COVID-19. En todos los casos se han documentado y estudiado sus efectos adversos y se ha garantizado su elevada seguridad y eficacia”.

¿Cómo se logra la inmunidad de grupo?

El porcentaje de la población necesario para lograr una inmunidad colectiva depende del tipo de enfermedad y de la eficacia de las vacunas. Si la enfermedad se transmite con mucha facilidad, cuanta más gente esté vacunada, mejor.

Por ejemplo, el sarampión se transmite con muchísima facilidad, por eso, a pesar de que disponemos de una vacuna muy eficaz, se requiere que un 95 % de la población esté vacunada para evitar rebrotes.

La COVID-19, aunque se transmite con facilidad, no llega a alcanzar la contagiosidad del sarampión, de ahí que la cobertura de vacunación necesaria para lograr la inmunidad colectiva sea de, aproximadamente, un 60 %.

¿Habrá más vacunas contra la COVID-19?

En la historia de la vacunación, es normal que se hayan producido ajustes en el número, la concentración o las dosis de las vacunas.

Por ello, no podemos descartar futuros cambios en el régimen de vacunación contra la COVID-19. Y es que las primeras vacunas en llegar no necesariamente van a ser las más eficaces.

De hecho, se están desarrollando otras vacunas que en vez de utilizar la proteína S, han optado por trabajar con virus inactivados o atenuados. Se trata de fármacos para la inmunización en estudio, que podrían permitir una mayor cobertura de vacunación, ya que no son tan complejos a la hora de almacenarlos, transportarlos y distribuirlos.

¿Las vacunas contra la COVID-19 servirán para controlarnos o para modificarnos genéticamente?

La respuesta de las sociedades científicas es rotunda: NO. Las vacunas son el resultado del progreso del hombre y se utilizan desde hace cientos de años para evitar enfermedades y muerte.

Es más, algunas vacunas han conseguido erradicar enfermedades, como la viruela, y también se han mostrado eficaces en prevenir el desarrollo de cáncer, como la vacuna del Virus del Papiloma Humano.

Para los científicos “la proclama de estas ideas demuestra una falta absoluta de conocimientos, ya no solo científicos, sino de la biología más fundamental”.

En definitiva, tal y como recoge el manifiesto firmado por las cinco sociedades científicas, “hacer frente a la pandemia es un compromiso de todos, como se ha demostrado con las medidas de distanciamiento físico adoptadas hasta ahora. La llegada de las vacunas contra la COVID-19 requerirán de un esfuerzo sin precedentes en cuanto a la adquisición, almacenaje, distribución y administración de estas. Pero aún más importante es el compromiso de toda la población de recibir las vacunas. Esta es la única esperanza real de que disponemos para volver lo antes posible a nuestra anterior normalidad”.

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