'J'Accuse...' La durísima verdad de la Covid-19 y los errores que no deberíamos repetir - BuscandoRespuestas

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‘J’Accuse…’
La durísima verdad de la Covid-19 y los errores que no deberíamos repetir

  • La ciencia de verdad sabe que sólo se ha escrito el primer capítulo del coronavirus SARS-CoV-2, y augura un preocupante futuro cercano
  • Incluimos un relato breve pero intenso, formado por frases pronunciadas por médicos, enfermeras y auxiliares de hospitales públicos
  • Un virus nuevo frente al que no había vacuna ni fármacos eficaces, y que podía matar, debería haber obligado a tomar medidas urgentes
  • Acertaron quienes se rodearon de científicos y técnicos independientes, de la máxima cualificación y excelente trayectoria profesional, con capacidad para desarrollar soluciones innovadoras. Y les hicieron el mayor caso posible.

13 julio, 2020



Eduardo Costas.
Catedrático de Genética de la UCM.
ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA NACIONAL DE FARMACIA
Alejandro Sopeña

El 13 de enero de 1898 el diario francés L’Aurore abría su portada con el titular “J’Accuse – Lettre au Président de la Repúblique” (Yo acuso- Carta al presidente de la República), un alegato en favor del capitán Alfred Dreyfus, un ingeniero de la École Polytechnique (Escuela Politécnica), injustamente condenado por espionaje en una sentencia judicial amañada que se convirtió en el icono universal de la iniquidad ejercida en nombre de la razón del Estado.

Su autor, el escritor Emile Zola, convulsionó a la sociedad francesa al demostrar, incuestionablemente, que el país de la libertad, la igualdad y la fraternidad era en realidad un país intolerante, clasista y xenófobo.

Pero en su alegato Zola iba mucho más allá de denunciar la iniquidad de los políticos: llamaba a la urgente regeneración de la sociedad.

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122 años más tarde, queremos denunciar que la inesperada crisis de la Covid-19 está demostrando la escasa resiliencia de nuestra sociedad. Y aunque millones de personas respondieron de una manera admirable, no hemos sido capaces, ni mucho menos, de hacer lo correcto frente a la adversidad.

La durísima realidad

En BuscandoRespuestas.com nos sentimos urgidos porque la ciencia de verdad sabe que de esta historia sólo se ha escrito el primer capítulo, y augura un preocupante futuro cercano.

Por eso hemos querido plasmar aquí los errores e impeler a que se busquen las soluciones. Porque si volvemos a actuar igual, pasará lo mismo. Y no podemos olvidar… si esta vez queremos acertar.

Demasiado poco hemos visto y oído sobre la aterradora realidad de varios meses. En ocasiones hasta parece que hemos pasado página y sólo algunos rebrotes nos traen al presente un trocito muy pequeño y maquillado del pasado.

Pero por si usted no lo ha vivido de cerca, y para que se entienda un J’Accuse que busca soluciones para la salud y la vida de los próximos meses, sin interés político alguno, comencemos por unas descripciones realizadas en primera persona.

Es un breve pero intenso relato en forma de frases pronunciadas por médicos, enfermeras y auxiliares de diferentes hospitales públicos:

• «Los pacientes no dejaban de llegar y no sabíamos donde meterlos. No quedaba sitio ni en los pasillos».

• «En la UCI teníamos hasta tres enfermos por habitación. La situación era tan extrema que hacíamos empalmes caseros en los respiradores para poder dar oxígeno a más de uno a la vez. Hemos utilizado hasta máscaras de buceo del Decathlon, y todo lo que encontrábamos que podía ser útil. Pero se morían, y se morían, y se morían.»

• «Una noche en mi hospital se acabaron los sudarios, y nos desesperábamos incapaces de comprender qué era lo que estaba ocurriendo».

• «En los días más duros no teníamos tiempo ni para informar a las familias más que una vez a la semana. Y los otros seis días pensabas en el sufrimiento de esos esposos, de esos hijos, hermanos o padres… porque no es verdad que todos los enfermos fuesen abuelos. Yo tuve que ponerle el sudario a un joven de 28 años que el coronavirus se había llevado por delante a toda velocidad».

• «Mis compañeros médicos, enfermeras o sanitarios, no lográbamos conciliar el sueño en casa durante las horas de descanso y sólo repetíamos: «Yo no estaba preparado para la guerra y esto es un campo de batalla. No tengo fuerzas y no estoy capacitado para elegir quién vive y quién muere, por su edad o por lo que diga un aparatito que no cuesta ni 30 euros.»

• «Me mandaron retirarle el tubo respirador a una persona porque no respondía rápido al tratamiento y lo necesitábamos para alguien más joven. Su ‘condena a muerte’ fue su avanzada edad y que el ‘pulsioxímetro’ bajaba de 80 a 75 de saturación. Pero yo había visto a esa misma persona entrar por su propio pie y lanzarnos una sonrisa de agradecimiento apenas unas horas antes.»

• «Las rondas eran interminables y no había ni un segundo de descanso entre una y otra. 12 o 15 horas sin parar, sin sentarse, sin tiempo ni para hacer pis, y a máxima tensión. Mal protegidos, con mascarillas de usar y tirar que en lo peor de la pandemia tenían que durar toda la semana. Y al final de la jornada te ibas a casa sin aliento, con los ojos bañados en lágrimas y con la aterradora sensación de haber visto más muerte que vida».

• «Una noche me encontré a una compañera sentada en el suelo temblando, y que sólo repetía: «¡tengo a la mitad de mi planta muerta! En la primera ronda se me habían muerto dos, en la segunda cuatro y en la tercera 12. Y cuando empecé hace unas horas parecía que casi todos estaban bien».

• «Los timbres sonaban todos a la vez y sin parar. No los podíamos atender porque no había personal suficiente. Y ni siquiera sabíamos si llamaban por dolor o porque no podían respirar. Muchos se fueron sin tener ni la posibilidad de decir que se ahogaban, porque no llegábamos a ellos».

• «A veces salías de una habitación con dos enfermos y al volver a las dos horas estaban los dos muertos. Se te helaba la sangre y te preguntabas cuál se habría muerto antes. Y si el otro habría tenido que ver morir a su compañero llamando al timbre para pedir ayuda y preguntándose, en soledad, si a él le pasaría lo mismo unos instantes después. Sin una ayuda, sin compañía y sin consuelo. Pero no podíamos dar respuesta. ¡NO LLEGÁBAMOS! Y esa angustia nos atrapaba el corazón y no nos dejaba desconectar, ni descansar, ni dormir.»

• «Un día tuve que dar una mano a cada enfermo para acompañar a los dos mientras se morían. Con mis ojos ahogados en lágrimas y mi llanto incapaz de ser silencioso. Intentando decirles con todo mi amor las cosas cariñosas que su marido, su mujer, su padre, su madre o sus hijos les dirían en esos momentos

«¡Qué terrible nos parecía su soledad!»

Cuando el virus ‘infectó’ los despachos

Hace 6 meses tuvimos las primeras noticias de un nuevo coronavirus que producía neumonías en China. Poco después el virus empezó a transmitirse por el mundo.

Parecía grave. Era un virus nuevo frente al que no había vacuna ni fármacos eficaces. Y tenía la capacidad de matar. La más elemental prudencia aconsejaba tomar medidas urgentes.

Pero a finales de enero de 2020 nuestros gobernantes, sin la menor evidencia científica que lo sustentase, llegaron a la conclusión de que la Covid-19 iba a tener muy poco efecto.

Para ello contaron con la aquiescencia de los técnicos que les asesoraron, con el doctor Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, como cabeza visible.

Cuando la catástrofe era inminente, el Dr. Simón mantuvo, empecinadamente, que “no había motivos para declarar la emergencia sanitaria” y que “España apenas contabilizaría unos pocos contagios”.

Su funesto análisis insistiendo en que no debíamos preocuparnos porque “España tiene la mejor sanidad del mundo” y la Covid-19 “va a tener menos efecto que la gripe” dio paso a una imprevisión suicida que costó miles de vidas y un enorme sufrimiento.

Nuestros políticos decidieron no hacer caso a muchos profesionales más capaces, que sí acertaron advirtiéndoles de la que se nos venía encima.

Pero ellos prefirieron hacer caso a los técnicos que les dijeron lo que querían oír. Jugaron a la ruleta rusa con nuestras vidas en vez de prepararse adecuadamente para luchar contra la pandemia. Para colmo presionaron en Europa exigiendo que se relajaran las medidas para controlar la Covid-19.
Nosotros acusamos: Es muy difícil que alguien comprenda algo cuando su sueldo depende de que siga sin comprenderlo.

Y proponemos: Los técnicos que asesoren a los políticos tienen que ser expertos de la máxima cualificación, con una carrera profesional intachable, que les permita decir lo que piensan respaldados por un currículum de excelencia y que su sueldo no dependa de que le digan al político de turno lo que éste quiere oír.

Mientras tanto el virus empezó su expansión.

Ya a principios de marzo España admitió en Europa que estaba sobrepasada: ni siquiera tenía la capacidad de hacer el seguimiento a los posible infectados.

Pocas semanas después miles de ancianos se asfixiaron hasta morir solos, sin la menor asistencia médica, sin cuidados paliativos, sin la compañía de sus seres queridos, abandonados a su suerte, bañados en sus propias heces, orines y vómitos, en residencias que se habían convertido en campos de exterminio…
Nosotros acusamos: ¿Era necesario que muriesen tan indignamente? ¿No se pudo, aunque solo fuese, dignificar sus últimos momentos?

Millares de enfermos esperaron una ayuda que a menudo nunca llegó, tirados en los pasillos de los hospitales, sin oxígeno, sin respiradores, sin medicamentos, sin información, sin compañía…
Nosotros acusamos: ¿Era necesario que sufriesen tanto? ¿No se pudo mitigar su angustia?

Los cadáveres se hacinaron en morgues improvisadas, como el Palacio de Hielo de Madrid, sin que nadie los velase…
Nosotros acusamos: ¿Era necesaria tanta ignominia?

En plena crisis, en las ruedas de prensa diarias se nos decía: “Hay que aplanar la curva”.
Nosotros acusamos: No era una curva. Eran seres humanos que sufrían y morían.

Decenas de miles de sanitarios, absolutamente sobresaturados, tuvieron que enfrentarse a una pandemia desconocida sin el menor equipamiento de seguridad, sin recursos, sin ser suficientes.

Pagaron un alto precio en contagios y muertos, en tristeza y amargura. Siguen siendo demasiado pocos y están demasiado cansados.

Y aunque la mayoría coincidimos en que se merecen el mayor agradecimiento por nuestra parte, la realidad es que se han visto obligados a manifestarse para defender sus derechos: Muchos médicos y enfermeras trabajan en unas condiciones de extrema precariedad.

La mayoría de los expertos coinciden en que tenemos, con mucho, uno de los sistemas de salud más eficaces del mundo en proporción a la inversión que se hace en sanidad. Pero no nos olvidemos: el mérito es, en su mayor parte, de los propios sanitarios.

Nosotros acusamos: ¿Cómo se puede dejar tan desamparados a los que tanto sacrificio hicieron por nosotros? ¿Por qué nuestros gestores y gobernantes llevan tantos años tratando a la sanidad con desprecio?

Desgraciadamente su desprecio ha permeado, y el trato vejatorio y la falta de respeto hacia los sanitarios por parte de muchos usuarios es cada vez más frecuente.

Pagamos uno de los costes más elevados del mundo

Al final pagamos uno de los costes más elevados por no tomar a tiempo medidas que otros países, incluso con menos medios, sí supieron tomar: Somos el tercer país del mundo con más muertos por Covid-19 en relación a su número de habitantes, tan solo superados por Bélgica y el Reino Unido. Y eso, contando las cifras que maneja el gobierno.

Sin tanta soberbia, países de lo más diversos supieron muy bien hacer frente a la crisis.

Un ejemplo, en nuestras antípodas -y en este caso no solo geográficamente hablando- es Nueva Zelanda. Se lanzó a realizar test masivos de PCR confinando a los contagiados en una fase muy temprana (justo lo contrario de lo que recomendaba, por entonces, el Dr. Simón). Apenas tiene 1.530 contagiados y 22 fallecidos.

Otro ejemplo: sin disponer de recursos para hacer test masivos y simplemente tomando a tiempo medidas de distanciamiento social, Paraguay apenas tuvo 2.260 casos y 19 fallecidos.

Nada más lejos de nuestra intención que echar la culpa a un partido político u a otro. No es tarea de BuscandoRespuestas.com hablar de política. Y es evidente que muchos políticos de todo signo se equivocaron: desde populistas como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Boris Johnson, hasta líderes de las democracias más consolidadas y avanzadas como Bélgica, Italia o Francia, o dictaduras comunistas como China, de donde no tenemos ni datos que nos podamos creer.

Otras democracias acertaron: En Europa, Austria, Grecia, y Portugal lo hicieron mucho mejor con gobiernos desde muy conservadores hasta izquierdistas. Se equivocó Daniel Ortega y sus sandinistas y acertó el Partido Comunista de Vietnam.

Si algo deja claro esta crisis de la Covid-19 es que no se puede decir que las democracias lo hiciesen mejor que los gobiernos no democráticos, que las izquierdas lo hiciesen mejor que las derechas o viceversa.

¿Dónde estuvo el secreto de los que acertaron?

¿Qué es lo que caracterizó a los gobiernos que acertaron en la gestión de la crisis del coronavirus frente a los que no?

La respuesta es muy simple: se rodearon de científicos y técnicos independientes, de la máxima cualificación y excelente trayectoria profesional, con la capacidad para desarrollar soluciones innovadoras. Y les hicieron el mayor caso posible.

A la hora de gestionar una nueva pandemia, sobre la que no hay conocimientos previos, tan solo la ciencia puede aportar soluciones.

Se necesitan científicos en activo, capaces de generar el conocimiento necesario y de proponer soluciones acertadas, aunque sean impopulares.

Desafortunadamente los políticos prefirieron a técnicos que compensaban su mediocre carrera profesional con una habilidad desmedida para mantenerse en el cargo, independientemente de quien gobernase.

Nosotros acusamos a esos políticos que se rodearon de asesores mediocres que les decían solamente lo que querían escuchar, minimizando por comodidad e incompetencia el problema.

Nosotros acusamos a los técnicos que siguen aferrados a su puesto después de tanto equivocarse.

A ambos queremos recordarles unas palabras que Winston Churchill dirigió al parlamento británico que en 1940 seguía una política de apaciguamiento con los nazis de Adolf Hitler: “Se os dio a elegir entre la guerra y el deshonor. Elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra”.

Es lo que nos pasó. No se tomaron medidas en febrero por no alarmar y por no lastrar la economía. Hubo que tomarlas un mes tarde. Costó muchos miles de muertos.

Ahora, tras semejante catástrofe, cuando el coronavirus empieza a darnos una tregua, queremos olvidar y volver a la normalidad. Es natural. Es comprensible.

Pero los mejores expertos no dejan de advertirnos: “Solo estamos al comienzo de la pandemia”. “Todo indica que pronto habrá una segunda oleada”.

Con la llamada “nueva normalidad” los casos de Covid-19 ya han aumentado un 8.8% y la tendencia es a crecer. La Covid-19 ni siquiera ha alcanzado todavía su peor momento.

Nosotros acusamos: Estamos volviendo a jugar a la ruleta rusa. Nos cuesta aprender la lección. Que los técnicos que tanto se equivocaron sigan en su puesto es un insulto a la inteligencia.

Nosotros proponemos: Urge incrementar nuestra resiliencia. Prepararnos, como sociedad, para un futuro difícil: Volverá el coronavirus. Habrá nuevas pandemias. Y es tiempo de poner los medios.

Debemos hacer acopio del material necesario, debemos comprar ahora los respiradores, los equipos de protección para sanitarios y pacientes, preparar habitaciones de UCI…

Es hora de contratar mucho más personal sanitario y comenzar su preparación y entrenamiento en el manejo de los instrumentos necesarios y el trato seguro con enfermos de Covid-19.

Y a partir de ahora, ojalá no olvidemos nunca que en pocos años la crisis climática y ambiental volverá insostenible nuestro modo de vida. Los jóvenes no pueden siquiera imaginar cómo será su mundo dentro de unas décadas.

Necesitamos cambiar si queremos adaptarnos a un mundo inmerso en un cambio global acelerado. No será posible si no intentamos aprender.

Para ello lo esencial es saber.

Nosotros acusamos a los que prefieren mantenerse en la ignorancia.

Son el verdadero problema.

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