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Tal y como nos estamos portando
¿podríamos perder la guerra contra el coronavirus?

  • El SARS-CoV-2 es 15.000 trillones de veces más pequeño que un ser humano, pero parece especialmente diseñado para hacernos daño
  • Tiene un gran poder infectante y mata 10 veces más que la gripe, pero no tanto como para generar la alarma de otros virus como el ébola
  • Nos gana en velocidad de evolución y ante eso sólo podemos oponer la inteligencia. Pero ahora mismo no parece nuestra mejor virtud

22 julio, 2020

Eduardo Costas.
Catedrático de Genética de la UCM.
ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA NACIONAL DE FARMACIA

Victoria López Rodas.
Catedrática de Genética de la Universidad Complutense.

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Cuando el 31 de diciembre de 2019 el gobierno chino anunció que un nuevo coronavirus estaba produciendo neumonías en Wuhan, ni siquiera podíamos imaginar la que se nos venía encima. El SARS-CoV-2 está cambiando nuestra vida de una forma tal que nadie de los que actualmente estamos vivos lo había podido siquiera imaginar.

Estamos hartos de la Covid-19 y queremos volver, cuanto antes, a la normalidad. Pero es peligroso confundir nuestros deseos con la realidad.

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Indudablemente podríamos tener la suficiente inteligencia y la pizca de suerte necesarias para mantener la pandemia bajo control hasta que, en 2021, hubiese una vacuna eficaz disponible en grandes cantidades.

Pero las cosas también podrían complicarse llegando a ser mucho peor de lo que nos imaginamos. Sin duda existe una probabilidad, pequeña pero real, de que perdamos la guerra frente a un organismo tan simple.

Resulta sorprendente que el SARS-CoV-2 nos haya puesto contra las cuerdas. Los coronavirus son organismos tan sencillos que solo pueden reproducirse como parásitos obligados en el interior de las células que infectan, engañando a su maquinaria molecular. Fuera de sus células diana, los virus están en estado latente, sin ser capaces de desarrollar ninguna actividad.

Un SARS-CoV-2 es aproximadamente 15.000 trillones de veces más pequeño que un ser humano. Nuestro genoma es 100.633 veces mayor que el del coronavirus. Nosotros tenemos unos 30.000 genes y el virus apenas 10.

Sin embargo, el coronavirus podría causarnos uno de los mayores quebrantos que hayamos sufrido en nuestra historia:

Mucho antes de que hubiese seres humanos en el planeta ya había virus, y mucho después de que nos hayamos extinguido (posiblemente por culpa de un virus), seguirá habiéndolos.

A fin de cuentas, los seres humanos de nuestra especie solo llevamos poco más de 250.000 años sobre la Tierra mientras los virus llevan más de tres mil millones de años. Algunos astrónomos sostienen que los virus, proyectados al espacio exterior por colisiones contra cometas (como la que acabó con los dinosaurios), puedan conservar su integridad durante millones de años fuera de la Tierra, llegando a infectar a otras formas de vida de lejanos planetas.

Hay expertos en evolución que sostienen que otras especies de humanos semejantes a nosotros, como los ‘denisovanos’ o los ‘neandertales’, que tenían un cerebro ligeramente mayor que el nuestro, enterraban, velaban y recordaban a sus muertos, cuidaban a sus discapacitados y desarrollaron la cultura Musteriense, se extinguieron, en buena medida, como consecuencia de pandemias víricas.

Para entender el por qué el SARS-CoV-2 podría derrotarnos, debemos recordar la idea de uno de los más brillantes científicos de la historia: John von Newman.

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Las máquinas de von Neumann

Imagina que te regalan un coche de alta gama. Seguro que te alegra.

El problema es que los coches envejecen. Y lo hacen muy rápido. Un coche de lujo tras 20 años de servicio ya no es más que un viejo cacharro.

A John von Neumann se le ocurrió la solución. Las mejores máquinas posibles son las “máquinas de von Neumann”. Si tu coche fuese una máquina de von Neumann, mientras está aparcado en el garaje iría construyendo otro coche como él. Al final, cuando fuese un trasto viejo, habría terminado de construir otro vehículo, igual a sí mismo, que estaría totalmente nuevo y que a su vez también sería capaz de construir otro coche igual a sí mismo para cuando envejeciera. Y así ad aeternum.

Con este sistema tendríamos garantizado el tener coches nuevos para siempre. Pero tendríamos el problema de que esa serie de coches, con el paso del tiempo, se irían quedando obsoletos. En 50 años la tecnología del automóvil cambia mucho.

La solución para no quedarse atrás está en tener máquinas de von Neumann capaces de evolucionar. En este caso, tu coche no construiría otro igual a si mismo. Construiría una versión más moderna que incorporase las mejoras tecnológicas que fueran apareciendo.

¿Hay máquinas así?

Nuestra tecnología aún está muy lejos de poder construir máquinas de von Neumann capaces de evolucionar. Pero existen estas máquinas, aunque no las hayamos construido nosotros: El SARS-CoV-2 es un excelente ejemplo de una máquina de von Neumann capaz de evolucionar.

El coronavirus se replica a si mismo construyendo otro virus igual a él. Pero, además, va evolucionando poco a poco mediante la aparición de mutaciones. Va cambiando. Y lo hace muy rápido.

Se va adaptando así a los desafíos ambientales. Y puede aprovechar nuevas oportunidades.

A favor del coronavirus juega el hecho de que la velocidad de la evolución biológica depende del tiempo de generación. Un SARS-CoV-2 se replica en pocas horas. Tiene varias generaciones al día y puede cambiar muy rápido porque las mutaciones se producen cuando se replica el material genético para pasar a la siguiente generación.

Por el contrario, el tiempo de generación de los seres humanos es mucho más lento. Ahora necesitamos cerca de 25 años para dejar descendientes en una nueva generación. Así, para que se produzcan mutaciones y recombinaciones en la línea germinal de nuestro material genético se necesita mucho tiempo.

Es evidente que el SARS-CoV-2 nos gana, con mucho, en velocidad de evolución.

Si nos damos cuenta de que los virus son eficacísimas máquinas de von Neumann capaces de evolucionar muy rápido adaptándose al cambio, seremos conscientes de que en realidad son unos enemigos formidables.

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Un virus con gran capacidad de adaptación

Desde que colonizó a los seres humanos ya se han detectado más de 1.000 variantes en el genoma del SARS-CoV-2. Esto nos da una idea precisa del gran potencial de cambio evolutivo de este coronavirus.

Muchas de estas variantes no cambian demasiado sus características de infectividad y mortalidad. Pero otras sí. Como resultado, hay cepas que resultan ser mucho más letales que otras.

Por ejemplo, una de las cepas que infectó Italia (la cepa European B-1) resultó ser mucho más infectiva que otros 59 genomas del SARS-CoV-2 estudiados en ese país.

Seguramente, a día de hoy, ya hay miles de variantes genéticas diferentes del SARS-CoV-2 infectando a los seres humanos. Se han secuenciado centenares de ellas. Y esto podría ser solamente la punta del iceberg.

Muchos expertos están convencidos de que la gravedad de la enfermedad depende, en buena parte, del tipo de cepa de SARS-COV-2. Así habría cepas que resultarían mucho más infectivas y letales que otras.

Otro hecho refleja la extraordinaria capacidad de adaptación de este coronavirus: Se trata de un virus zoonótico que, a finales del año pasado, fue capaz de “dar el gran salto” pasando desde un animal (probablemente un murciélago) hasta un ser humano.

Para un virus, el paso entre especies presenta una gran dificultad. Sin embargo, el SARS-CoV-2 es capaz de pasar entre especies aparentemente con gran facilidad. No solo se limitó a pasar desde murciélagos a humanos: también pasó desde los humanos a gatos, y a otros felinos como tigres y leones. Consiguió infectar a perros e incluso a visones.

Un virus especialmente “bien diseñado” para hacer daño a los seres humanos

A medida que vamos conociéndolo mejor, el SARS-CoV-2 va revelando una serie de características específicas que parecen haber sido diseñadas “a propósito” para ser un enemigo extraordinario de los seres humanos:

Por ejemplo, el coronavirus tiene un gran poder infectante y resulta muy fácil contagiarse. Podemos infectarnos bien a través de las microgotas que lo transportan y que producimos al toser, estornudar, hablar o respirar. Estas gotas permanecen suspendidas en el aire a veces muchas horas e incluso días en ambientes húmedos y poco ventilados. A los humanos nos gusta estar cerca unos de otros y hablarnos. Nos gusta frecuentar ambientes de interior masificados como bares, restaurantes, discotecas… Y así acabamos siendo “carne de cañón” para el SARS-CoV-2.

Además, el coronavirus tiene una tasa de mortalidad que parece haber sido calculada para maximizar el daño: Es unas 10 veces más elevada que la del virus de la gripe, convirtiéndolo en un organismo muy peligroso.

Pero no es una mortalidad lo bastante alta como para generar la alarma que desatan otros virus como el del ébola, que mata a la mayoría de los infectados. Por eso ante el SARS-CoV-2 nunca vamos a tomar las precauciones que tomaríamos ante virus como el del ébola.

Por supuesto el SARS-CoV-2 no llegó a esta estrategia mediante un razonamiento inteligente, ni mucho menos. Fue pura casualidad evolutiva. Pero eso no vuelve al SARS-CoV-2 menos peligroso.

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¿Por qué podríamos perder contra el SARS-CoV-2?

Aunque preferimos no pensarlo, muchísimas cosas podrían salirnos mal en la lucha contra el SARS-CoV-2:

Una de ellas sería que no lográsemos una vacuna eficaz. Es una posibilidad a tener en cuenta. Un ejemplo puede ilustrarnos: Llevamos enfrentándonos al SIDA desde 1981. Se dedicó una ingente cantidad de recursos para obtener una vacuna. A mediados de los años 80 se pensaba que en poco tiempo se conseguiría. Han pasado 40 años. Más de 75 millones de personas contrajeron la enfermedad. De ellas cerca de 40 millones murieron. Pero, a día de hoy sigue sin haber vacuna y no se sabe cuándo lograremos conseguirla.

Otro ejemplo podría ser la vacuna de la gripe. El virus de la influenza evoluciona muy rápido. Y aunque cambiamos de vacuna cada año adaptándola a la cepa viral que prolifera en ese momento, a menudo la vacuna de la gripe solo genera una protección eficaz a poco más de la mitad de los vacunados. Es posible que las vacunas que desarrollemos contra el SARS-CoV-2 no inmunicen a una gran parte de la población.

Entre los diversos problemas que podrían surgir con la vacuna de la Covid-19, está el que su efecto protector podría durar poco tiempo. Una posibilidad sería que nuestro sistema inmune “olvidase” pronto al SARS-CoV-2 perdiendo los anticuerpos y la inmunidad celular. Otra sería que la rápida evolución del SARS-CoV-2 pueda hacer que tengamos que seguir desarrollando nuevas vacunas cada año, porque las antiguas se vuelvan ineficaces ante las nuevas cepas del coronavirus.

Incluso es probable que el SARS-CoV- 2 logre saltar a diversos animales salvajes, e incluso domésticos, generando un reservorio imposible de controlar: Periódicamente el virus volvería a saltar de estos animales a las poblaciones humanas. Y si genera una pandemia entre animales de abasto (por ejemplo, en cerdos) estaríamos ante un problema de salud, de alimentación y económico especialmente serio.

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¿Cuanto cambiará nuestra vida?

Numerosos indicios sugieren que el SARS-CoV-2 ha venido para quedarse. Es muy probable que no seamos capaces de acabar con él, tal y como nos pasa con los virus del SIDA o de la gripe. Pero prevenir el contagio del SARS-CoV-2 es mucho más difícil que prevenir el SIDA, y la mortalidad de la Covid-19 es bastante mayor que la de la gripe. Y su influencia sobre nuestros estilos de vida y sobre la economía es muchísimo mayor.

El SARS-CoV-2 nos gana en velocidad de evolución. Ante eso solo podemos oponer nuestra inteligencia. Pero a la vista de la nefasta gestión que la mayoría de los políticos del mundo han hecho, o del innecesario riesgo que corremos en botellones, bares, discotecas, etc. no parece que destaquemos por nuestra inteligencia.

En estos momentos la mayoría de los contagios se dan entre los jóvenes. Ojalá tengan la suficiente inteligencia para esperar lo mejor mientras se preparan para lo peor.

Si no son capaces de hacerlo, el mundo que les espera será mucho peor que el vieron sus padres.

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