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¿Qué dice la ciencia sobre los confinamientos y otras medidas?

  • Cuando la pandemia deja de estar bajo control, tal y como ocurre hoy en día, el confinamiento es la mejor solución
  • Las características de la biología del virus, que son conocidas científicamente, son las únicas que deben condicionar las estrategias
  • Hay que minimizar la probabilidad de encontrarse con el coronavirus, y la de que cuando nos encontremos con él, nos contagie

08 octubre, 2020

Eduardo Costas.
Catedrático de Genética de la UCM.
ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA NACIONAL DE FARMACIA
Victoria López Rodas.
Catedrática de Genética de la Universidad Complutense.

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Desde hace milenios las pandemias han asolado a la humanidad.

No es nada nuevo. Se estima que, en los aproximadamente 250.000 años que nuestra especie lleva sobre la faz de la Tierra, han existido cerca de 105.000 millones de seres humanos. Todos ellos sufrieron enfermedades infecciosas que produjeron muchas más muertes que cualquier otra causa (violencia, accidentes, envenenamientos, cáncer, enfermedades cardiovasculares …)

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El estudio de las numerosas epidemias y pandemias humanas que han tenido lugar más recientemente ha permitido que la ciencia desarrollase una serie de conocimientos minuciosos que nos permiten enfrentarnos a ellas.

Otra fuente de conocimientos, nada desdeñable, proviene de la investigación de epidemias en animales, tanto salvajes como domésticos, o de las matemáticas y su espectacular desarrollo.

Consecuentemente, a día de hoy la ciencia dispone de procedimientos muy eficaces para luchar contra las pandemias. Que aplicados correctamente permiten controlarla en poco tiempo. Países de lo más diverso (desde Nueva Zelanda a Mongolia) actuaron siguiendo estos criterios científicos y controlaron la Covid-19 rápidamente y con éxito.

En otros países, la ciencia perdió la batalla contra la ideología o la estrategia de los políticos.

Costó más de un millón de muertos. Costará muchos más.

Por eso, en pleno recrudecimiento de la pandemia de Covid-19 y con la pelea política a costa el confinamiento y demás medidas, urge repasar las principales estrategias científicas que permitirían controlar, en poco tiempo, su expansión.

Para ganarle la guerra al coronavirus es imprescindible emplear, al máximo, todas y cada una de las estrategias que la ciencia pone a nuestra disposición para frenar la expansión del SARS-CoV-2 y minimizar los daños producidos por la Covid-19.

Las principales se resumen en la siguiente Figura.

Es necesario seguir dos grandes estrategias:
– Minimizar los contagios
– Curar a los contagiados

Y como una vez más y machaconamente, el tema del día es lo que podemos hacer para minimizar los contagios, vamos a intentar otra vez explicarnos desde el punto de vista de la ciencia… escrita para todos los públicos.

Por eso vamos a revisar las estrategias que minimizan la posibilidad de que nos encontremos con el coronavirus «metido en nuestra boca y avanzando hacia dentro», decidido a alcanzar nuestros pulmones sin una defensa de garantía que podamos oponer para frenar su paso.

¿Es difícil entender que esto es algo esencial a la hora de reducir los contagios?

Pues además de ser fácil de entender es muy sencillo de demostrar. Basta con mirar a los países que han sido capaces de frenar la pandemia de Covid-19. Ellos lo han hecho y hoy, en vez de estar arruinados como tanto nos tememos aquí cada mañana, algunos hasta van al fútbol.

No tienen píldoras mágicas ni pastillas secretas. Sólo han utilizado este tipo de herramientas, bien aplicadas.

Minimizar contagios

Pero como los que deciden no están dispuestos a escuchar a los que investigan. Como es verdad la afirmación del personal sanitario a nuestros gobiernos diciendo eso tan duro como real de ‘Ustedes mandan, pero no saben’

Por lo menos vamos a intentar que las personas de la calle lo entiendan para que puedan tomar sus precauciones y poner su vida a buen recaudo. Al mejor que sea posible.

Para minimizar los contagios hay que tener en cuenta que el agente que causa la Covid-19, el coronavirus SARS-CoV-2, es un parásito intracelular obligado. Es decir, que se puede reproducir en el interior de las células de un hospedador, en este caso un ser humano, aprovechando su maquinaria molecular.

Tras replicarse (‘reproducirse’) dentro de las células de una persona, los coronavirus salen al exterior para infectar a otras victimas, principalmente en las gotitas que emitimos al respirar, hablar, toser o estornudar.

Estas son las características de la biología del virus, que son conocidas científicamente y son las únicas que condicionan y deben condicionar las estrategias a seguir para minimizar los contagios.

Existen dos maneras de luchar por evitar los contagios. No se trata de una u otra, sino de una antes y otra después, pero las dos siempre y en todo momento.

1- Minimizar la probabilidad de encontrarse con el coronavirus.
2- Minimizar la probabilidad de que cuando nos encontremos con él, nos contagie.

Evidentemente, cuanto más lejos nos mantengamos de las personas contagiadas y de las gotitas portadoras del virus que exhalan (incluidos aerosoles, como llevamos mucho tiempo diciendo en Buscandorespuestas.com), más pequeña será la probabilidad de que nos contagiemos.

Por eso limitar los contactos con otras personas, mantener la distancia de seguridad y reducir el tiempo de contacto con la gente resulta esencial.

Esta estrategia se ha empleado exitosamente desde hace siglos.

En 1665, cuando no se sabía casi nada sobre enfermedades infecciosas, se declaró en Inglaterra una epidemia de peste, que se agravó poco después con un brote de “tabardillo pintado” (tifus exantemático).

Isaac Newton -que llegaría a ser considerado el mejor científico de la historia- tenía entonces 22 años. Y acertadamente pensó que la mejor solución era aislarse en el campo muy lejos de otras personas.

Se fue solo a una granja. Allí se confinó. Aprovechó el tiempo desarrollando las bases de la mecánica clásica, la teoría de los colores, la ley inversa del cuadrado de las distancias, el teorema del binomio.

A lo largo de su vida, el gran Isaac Newton se enfrentó con esta estrategia de aislamiento a otras muchas enfermedades infecciosas que reducían a cerca de 30 años la esperanza de vida de la gente de su tiempo. Murió con 84 años de un cólico nefrítico derivado de un cálculo renal.

En aquel fatídico año de 1665 el aislamiento funcionó. Y lo hizo pese a que las pulgas, el vector que transmite la bacteria que produce la peste (Yersinia pestis), llegan mucho más lejos que las gotas de fluido que transportan el SARS-CoV-2, y resisten bastante más tiempo que un coronavirus fuera de su hospedador.

Reflexionemos un momento

La probabilidad de contagiarnos se parece a la lotería. Si no jugamos no nos toca.

Un ejemplo extremo: ante el avance de la pandemia, algunos marinos se adentraron en solitario en la vastedad desolada de la mar a bordo de sus veleros. Mientras se mantengan a cientos de kilómetros del ser humano más próximo nunca se encontrarán con coronavirus infectivos.

La realidad ya conocida es que si interactuamos con muy pocas personas reduciremos la probabilidad de encontrarnos con el virus. A medida que aumentemos nuestras relaciones con otros humanos, la probabilidad crecerá.

Claro que esto es algo más complejo de lo que parece.
Un par de ejemplos pueden ilustrarlo:

Intentando no contagiarme reduzco mis interacciones a una sola persona, un hijo con el que convivo estrechamente en poco espacio. Lleva una vida de ocio nocturno descontrolado, juntándose a diario con decenas o cientos de personas. Aunque yo no vea nunca a nadie más, corro un serio peligro de que mi hijo me contagie.

En el otro extremo convivo estrechamente con 100 personas en una comunidad religiosa de clausura, que se mantiene rigurosamente aislada del mundo exterior desde hace años. Es dificilísimo que me contagie.

Hay que tener en cuenta que en lugares como bares o transporte público estamos interactuando con muchísimas personas que no conocemos o que ni siquiera están ya ahí.

Otro ejemplo: Extremando los cuidados solo entro en el interior de un bar cuando soy el único cliente. Pero no he controlado que, antes de que yo, una persona infectada habló alto y tosió, llenando el bar de gotitas con coronavirus, que se mantienen en el aire del interior del local mal ventilado. Yo las respiro cuando la persona que las produjo ni siquiera está presente.

Cuantos más coronavirus me infecten, peor

Limitar el tiempo de interacción con otras personas, tanto directamente como indirectamente (tal y como se explica en el ejemplo del bar) es fundamental. Cuanto menos tiempo esté en un ambiente en el que hay SARS-CoV-2, menos probabilidad tengo de infectarme.

Y si los coronavirus me alcanzan, cuanta más cantidad de ellos me infecten inicialmente, peor será. Porque los coronavirus crecen exponencialmente en nuestro interior.

Un sencillo ejemplo lo ilustra: me infecto con un solo coronavirus, éste se replica y ya tengo 2, cada uno de estos se replica y ya tengo 4, después tendré 16… Pero si me infecto con un millón, al primer ciclo de replicación tendré 2 millones, luego 4 millones, luego 16 millones… No es lo mismo el daño que me pueden hacer 16 virus que 16 millones.

Así limita la ciencia los contactos

El progreso de la ciencia permitió una forma mucho mejor de limitar los contactos:

– Hay que detectar, lo más pronto posible, a los portadores del coronavirus y aislarlos hasta que dejen de ser contagiosos.
Rastrear a todos sus contactos y comprobar si se han contagiado o no.
– Y para que funcione bien hay que hacerlo pronto.

No parece demasiado complicado ¿verdad?

Pero hace falta dedicar recursos. Hacer millones de PCRs y disponer de miles de rastreadores. Si esta estrategia se adopta con rapidez, es eficaz.

Muchos test y una cantidad adecuada de rastreadores bien formados han ayudado a controlar la pandemia en muchos países. ¡Muchos países!

Mediante este tipo de estrategias hemos sido capaces de controlar brotes de enfermedades como el Ébola, de extrema letalidad y del que no hay tratamiento. También extinguimos así a otros coronavirus como el SARS-CoV-1 o el MERS-CoV. Y funcionó perfectamente en los países que lo aplicaron con el SARS-CoV-2.

Lo que ocurre es que, si no se hace a tiempo, los recursos necesarios para implementar estos controles son colosales. Por ejemplo, a finales de junio se podría haber empleado este procedimiento eficazmente con menos de un millón de PCRs y 2.000 rastreadores; pero ahora son necesarios 6 millones de PCRs y 50.000 rastreadores.

Restricciones a la movilidad

Si nuestro país o las diferentes comunidades fuesen un gran centro de salud, a los pacientes con coronavirus ¿quién les está poniendo el tratamiento: el que ha estudiado o el que da la vez?

A lo mejor los que dan la vez no lo saben, pero las restricciones a la movilidad son estrategias esenciales.

Los estudios coinciden: el principal factor que diseminó al coronavirus por el mundo fueron los viajes. El turismo resultó catastrófico. Decenas de países se libraron de la pandemia simplemente controlando sus fronteras. Una simple política de cuarentenas y PCRs con los viajeros les resultó suficiente. Cuesta poco y es eficaz.

Los estudios genéticos de secuenciación de SARS-CoV-2 aislados de enfermos en España, son claros. En nuestro país hubo múltiples introducciones de SARS-CoV-2. Principalmente el coronavirus llegó a España en avión. Después la movilidad interior resultó esencial en su diseminación.

Algo similar ocurrió en Italia.

Pero en España alguien debería decir a los que mandan que cuando la pandemia deja de estar bajo control, tal y como ocurre hoy en día, el confinamiento es la mejor solución. Mientras más dejemos que se descontrole, será necesario un confinamiento más severo para retomar el control.

Por supuesto, extremar las medidas higiénicas como el lavado de manos es esencial. La obviedad de tomar estas medidas higiénicas vuelve innecesario dar más explicaciones. Como tampoco es necesario incidir aquí en el imprescindible uso de las mascarillas.

Repasemos y miremos a nuestro alrededor

Tomar medidas estrictas para minimizar la probabilidad de encontrarse con el coronavirus, incluso durante poco tiempo, permite controlar la pandemia. Los países que así lo hicieron consiguieron acabar con la Covid-19.

Por el contrario, ser laxos, lentos y poco decididos a la hora de confinamientos y restricciones a la movilidad hace que la pandemia se mantenga mucho tiempo en un equilibrio dinámico en el que se producen diferentes rebrotes y la situación se convierte en el ‘cuento de nunca acabar’.

Estas medidas deben aplicarse siempre, pero no hay excusa para no utilizarlas en modo extremo cuando nos enfrentamos a la pandemia sin disponer de otras alternativas como vacunas o fármacos eficaces.

The Lancet, una de las revistas médicas más relevantes, casi nunca recoge artículos en los que se enjuicia la calidad de una gestión. Pero en un reciente número ha hecho una excepción para explicar quienes han gestionado peor el coronavirus. Nuestro país no queda en buen lugar.

Hemos tardado y seguimos tardando en adoptar medidas. Nuestros políticos plantean un debate entre salud y economía al que premios Nobel de economía han dado ya una respuesta rotunda:

Lo primero es controlar la pandemia cuanto antes.

(continuará)

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