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Evitar los rebrotes es así de fácil
pero seguimos empeñados en jugarnos la vida

  • Para mantener a raya al coronavirus basta con que el 90% de la población use mascarilla, se lave las manos y mantenga la distancia
  • Sabiendo eso ¿preferimos la enfermedad, la quiebra y la muerte a usar mascarillas, lavarnos las manos y mantener las distancias?
  • Nuestro comportamiento con la evolución de la Covid-19 permitirá saber si los humanos somos tan inteligentes como creemos

29 julio, 2020


Eduardo Costas.
Catedrático de Genética de la UCM.
ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA NACIONAL DE FARMACIA

Victoria López Rodas.
Catedrática de Genética de la Universidad Complutense.

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En el mundo la situación por la Covid-19 está peor que nunca, alcanzando cifras récords de hasta 250.000 contagiados por día.

En Estados Unidos, el país más poderoso de la tierra, la situación es preocupante. Brasil, India o Sudáfrica alcanzan registros catastróficos. Incluso en varios de los países europeos, que habían conseguido controlar la situación, se ha desatado una ola de repuntes con la vuelta a la “nueva normalidad”.

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En nuestro país todo parece indicar que la segunda oleada de la Covid-19 se ha adelantado significativamente a lo previsto…

¿Por qué sucede esto?

Resulta sorprendente: Aunque no exista una vacuna o un fármaco eficaz, disponemos de herramientas muy efectivas a la hora de mantener a raya al coronavirus.

Por ejemplo: un reciente estudio publicado en la prestigiosa revista PLos Medicine demuestra que, simplemente con que el 90% de la población utilizase asiduamente la mascarilla, se lavarse las manos con frecuencia y mantuviese una prudente distancia social, la incidencia del coronavirus caería hasta niveles extremadamente bajos de contagios tras unas cuantas semanas.

Una serie de evidencias han demostrado la extraordinaria eficacia de las mascarillas a la hora de evitar que una persona infectada por el SARS-CoV-2 contagie a otros. A fin de cuentas, el coronavirus es transportado en el interior de las microgotas de saliva y mucosidad que producimos al toser, estornudar, hablar y respirar.

Las mascarillas son muy eficaces para detener este continuo flujo de peligrosas microgotas. Algunos ejemplos concretos resultan sorprendentes: dos peluqueras, ambas infectadas de Covid-19, siguieron atendieron a sus clientes. Siempre utilizaron mascarillas y se lavaron las manos con frecuencia. A pesar de haber estado en estrecho contacto con cientos de clientes, no contagiaron a ninguno de ellos.

Lavarse las manos con frecuencia también es una medida tremendamente eficaz. Cuando las microgotas más grandes son exhaladas terminan cayendo sobre alguna superficie. En ellas se pueden acumular grandes cantidades de coronavirus. Tocar en un momento u otro alguna de estas superficies es casi inevitable y llevarnos inconscientemente las manos a la nariz, boca u ojos, es algo que hacemos frecuentemente.

Lavarse las manos rompe esa eficaz cadena de transporte de coronavirus a nuestro interior.

Podemos mantener relaciones sociales muy satisfactorias sin ponernos en riesgo: al reunirnos en pequeños grupos, en lugares bien ventilados y manteniendo cierta distancia, corremos poco riesgo.

Pero permanecer más de 10 minutos en el interior de bares, restaurantes o discotecas es una barbaridad médicamente demostrada. Botellones masivos, celebraciones deportivas y fiestas con aglomeraciones como los no-Sanfermines son garantía de hospitales, UCIs y morgues desbordadas.

Lo sabemos todos. Estamos hartos de oírlo y lo hemos visto con nuestros propios ojos hace muy poquitos meses. Y, sin embargo, estamos muy lejos de cumplir estas simples reglas. ¿Por qué? ¿A qué estamos jugando?

¿Acaso preferimos la enfermedad, la muerte y la quiebra antes que utilizar mascarillas, lavarnos las manos o mantener un cierto distanciamiento social? ¿Cómo puede ser que predominen comportamientos tan estúpidos e irresponsables?

Las matemáticas son capaces de explicar nuestra estupidez

Sorprendentemente, las matemáticas nos dan la explicación: Mediante el estudio de ganancias y pérdidas que implican nuestras acciones, la Teoría de Juegos aclara por qué tomamos cierto tipo de decisiones.

Uno de los más inquietantes ejemplos de la Teoría de Juegos aplicada al comportamiento humano lo tenemos en el trabajo “Tragedy of the Commons” publicado por Garrett Hardin en la revista Science en 1968: Demuestra que, cuando varios individuos motivados por maximizar su interés personal actúan racionalmente, terminan por destruir un recurso compartido común, aunque a ninguno de ellos, ni como individuos ni como colectivo, les convenga que tal destrucción ocurra.

Hardin desarrolla un ejemplo alarmante basado en un trabajo del matemático William Forster Lloyd: Se trata de un pastizal comunal cuyo uso es compartido por diferentes ganaderos. Cada ganadero tiene un número dado de vacas comiendo en ese pastizal. Pero al cabo de un tiempo los ganaderos observan que todavía queda suficiente pasto no consumido como para alimentar a más animales.

La mejor estrategia a nivel individual para cada ganadero consiste en aumentar el número de sus vacas. Consecuentemente, todos los ganaderos lo hacen.

Durante un tiempo maximizan mucho sus beneficios. Es una época de progreso.

Pero en algún momento, este proceso de incremento de cabezas de ganado excede la capacidad que tiene del pasto comunal. El exceso de vacas termina destruyendo el pastizal. Las vacas mueren y se desata la tragedia.

Demasiados ejemplos de ‘la tragedia de lo común’

La historia está llena de ejemplos de tragedias ocurridas con pastos comunales donde, tras una época de crecimiento, los animales perecieron debido al agotamiento del recurso, desatando hambrunas.

Basta con mirar a nuestro alrededor y ver como asistimos impasibles al agotamiento de los bancos pesqueros, a la extinción de bosques en la Isla de Pascua… son ejemplos de la tragedia de lo común.

Rigurosos desarrollos matemáticos demuestran que cuando los individuos actúan racionalmente buscando su propio interés (la base del sistema de mercado capitalista), terminan agotando los recursos compartidos y limitados, incluso cuando eso no beneficia a nadie a largo plazo y desata catastróficas tragedias.

La contaminación de la atmósfera es un buen ejemplo de tragedia de lo común: A nivel individual nos benefician los vuelos baratos y masificados. Por el momento seguiremos volando, incluso a sabiendas de que eso nos puede llevar a la extinción a medio plazo.

Para mantener a raya al coronavirus haría falta que el 90% de la población utilizase mascarilla, se lave las manos y mantenga la distancia social. Pero a nivel individual lo más cómodo es estar en el 10% de la población que no usa mascarilla ni reduce su actividad social. Lo ideal es que se confinen casi todos mientras yo hago lo que me da la gana.

Con las amenazas de restricciones y cuarentenas los empresarios del sector turístico aplican su beneficio: Unos defienden que aunque haya cuarentena para España, que Canarias no la tenga. Otros que no haya cuarentena para Baleares. Los de Valencia o Andalucía proponen que a ellos no les toque la cuarentena… Decisiones individuales que a medio plazo perjudicarán a todos, incluso a los que las toman.

Lo mismo pasará cuando haya vacuna: con que el 60 o 70% de la población esté vacunada todos estaremos protegidos. Pero como la vacuna puede tener efectos secundarios. A nivel individual lo mejor es que se vacunen los demás.

La Teoría de la Evolución nos enseña que los organismos carentes de inteligencia caen en la Tragedia de lo Común y terminan sufriendo unas consecuencias catastróficas. Ahora la tragedia de lo Común nos acecha.

¿Conseguiremos sortear su maldición?

La Covid-19 permitirá saber si, en verdad, los humanos somos, o no, tan inteligentes como creemos.

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