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Coronavirus:
¿qué estamos haciendo tan mal?

  • Las curvas de infectados, hospitalizados y muertos están desfasadas. Los infectados de hoy irán al hospital en varios días, y de ellos...
  • Puedo con

22 septiembre, 2020


Eduardo Costas.
Catedrático de Genética de la UCM.
ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA NACIONAL DE FARMACIA

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Conviene ser rigurosos. Hablar claro. Aunque no nos guste.

El problema de la Covid-19 es extremadamente preocupante. La gran mayoría de los que estamos vivos no nos hemos enfrentado en el pasado a nada semejante.

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En España la situación es mala. Durante las últimas semanas, de los 10 sitios con peores cifras de Europa 9 están en España. El otro es uno de los territorios de ultramar francés. Y varias zonas de Madrid presentan las peores cifras de Europa superando ampliamente los 1.000 contagios por cada 100.000 habitantes.

La pandemia vuelve a estar descontrolada. En el Reino Unido y en Francia la situación se deteriora a marchas forzadas.

En marzo teníamos la excusa de que la pandemia nos sorprendió. Era una enfermedad nueva frente a la que se sabía muy poco.

Mal estuvo que, en contra de toda lógica, quienes tomaban las decisiones prefirieron no ponerse en lo peor. Acordaron minimizar su importancia confundiendo dramáticamente lo deseos con la realidad.

Fue un error garrafal. Costó decenas de miles de muertos. Y miles de personas quedarán con secuelas posiblemente para toda la vida.

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Evaluar una pandemia

Podemos evaluar la importancia de una epidemia (o pandemia) mediante su gravedad, su transmisibilidad y su impacto. Entre marzo y mayo quedó claro que la Covid-19 es grave, tiene una transmisibilidad elevadísima y un enorme impacto.

Costó un esfuerzo titánico ‘doblegar la curva’. Muchas personas pasaron meses de sufrimiento en la más absoluta soledad, aislados en un hospital. Y algunos, no pocos, terminaron muriendo alejados de los suyos, solos, sin consuelo alguno, sin dignidad. Hasta miles de ellos tuvieron que ser enterrados sin que sus familias pudiesen velarles ni darles un último adiós.

Los que tuvimos más suerte nos enfrentamos a duros confinamientos durante largo tiempo con un coste económico elevado.

Enseguida olvidamos. Y ya hemos tirado a la basura todo ese esfuerzo y sufrimiento.

Lo que dice la ciencia

Al menos durante estos meses la ciencia ha progresado mucho.

Cuando la ciencia se enfrenta a un fenómeno desconocido, como lo era el SARS-CoV-2 y la Covid-19 a principios de año, pueden ocurrir 3 cosas:

1) Que el fenómeno resulte abordable por la ciencia, de manera que puedan efectuarse predicciones precisas sobre lo que va a ocurrir y se pueda intervenir para cambiar el resultado final. Un ejemplo: los científicos predicen que si se alcanza la masa crítica de uranio 235 se producirá una reacción en cadena auto-sostenible, y consiguen controlar el proceso en las bombas atómicas.

2) Que el fenómeno sea tan complejo que la ciencia resulte incapaz de predecirlo, pero que pueda explicarlo «a posteriori». Un ejemplo: los economistas explican las crisis después de que hayan ocurrido, pero son incapaces de anticiparse a ellas impidiendo que ocurran.

3) Que el fenómeno siga patrones caóticos e impredecibles. Por ejemplo, la ciencia no puede acertar qué número será premiado con el “Gordo” en el próximo sorteo de Navidad.

La Covid-19 es un fenómeno del primer caso. Puede abordarse por la ciencia, hacer predicciones precisas de lo que va a ocurrir y cambiar a nuestro gusto el resultado final. Y ya tenemos los suficientes conocimientos como para saber a qué nos enfrentamos y para cambiar la situación.

Entonces… ¿Por qué estamos en tan mala situación?

El problema está en que frente al coronavirus, muchos países, entre ellos España, no hacen caso a la ciencia.

La ciencia nos dice que el SARS-CoV-2 tiene transmisión aérea. Es una pésima noticia. Al principio de la pandemia no se sabía y por eso se nos insistió en la higiene de manos y en el cuidado al toser o estornudar. Pero sabemos que no es suficiente.

Los contagiados expulsan el SARS-CoV-2 al aire al hablar y al respirar. Podemos estar años al lado de enfermos de SIDA y si no intercambiamos determinados fluidos corporales no nos vamos a contagiar nunca.

Pero en el caso del coronavirus puedo contagiarme simplemente al entrar a un bar, un aula, una sala de reuniones, un autobús, un vagón de tren o de metro donde un tiempo antes que yo haya estado un contagiado.

Por eso el uso de mascarillas en todo momento. Y por eso la insistente recomendación de no entrar en espacios interiores poco ventilados. Son cuestiones fundamentales para cortar la transmisión de la enfermedad.

Lógicamente, además, limitar al máximo nuestros contactos y salidas reduce enormemente la posibilidad de contagiarnos.

Otros hechos que la ciencia va descubriendo nos advierten sobre la gravedad de la situación. Uno de los peores es que se producen reinfecciones. Alguna gente que pasó la enfermedad vuelve a enfermar. Es una pésima noticia. Aunque pasemos la enfermedad tendremos que seguir teniendo cuidado. Esto también limita la eficacia de una vacuna (necesitaremos revacunarnos con cierta frecuencia) y de la inmunidad de grupo.

La ciencia avanza despacio. Tiene que probar, sin lugar a dudas y repetitivamente, que sus afirmaciones son ciertas. En este sentido, una serie de indicios negativos esperan confirmación definitiva. Desde que la vacuna no va a estar, ni mucho menos, disponible cuando dice Trump, hasta que los animales domésticos como perros y gatos podrían contagiarse y transmitir el virus a las personas.

La epidemiología también nos dice que el principal problema no son los rebrotes. Es la transmisión comunitaria. Y en estos momentos estamos en una situación de transmisión comunitaria descontrolada.

Así, los más cualificados científicos (que acertaron en la gran mayoría de sus predicciones) advierten: Octubre y noviembre serán malos. Los contagios y las muertes crecerán.

Conviene recordar que las curvas que representan al número de infectados, hospitalizados y muertos están desfasadas en el tiempo. Los infectados de hoy serán los que lleguen al hospital dentro de al menos varios días. De esos algunos morirán dentro de un mes o más. En algunas zonas de nuestro país, con la asistencia primaria cerca del colapso y los hospitales próximos a la saturación, las perspectivas no son nada halagüeñas.

Los culpables (I)

Hay dos causas que explican esta desafortunada situación:

La primera de ellas se debe a la incompetencia de nuestros dirigentes.

En general los políticos son especialmente acientíficos. Una de las partes más complejas (y de más reciente desarrollo) de las matemáticas tiene que ver con la toma de decisiones correcta. Se trata en la Teoría de Juegos y en la Teoría de la Decisión.

Pero la gran mayoría de los políticos acostumbran a tomar sus decisiones basados en el pensamiento “mágico”: ideologías, intuiciones, prejuicios… Pueden permitírselo. A diferencia de otros profesionales casi nunca les pasa nada cuando fallan.

Políticos de todo signo se aferraron a la creencia, totalmente acientífica, de que el verano mejoraría la situación.

El 10 de junio, el presidente del gobierno manifestó en el Parlamento: «hemos vencido al virus» y animaba a “salir y perder el miedo».

La presidenta de la Comunidad de Madrid también lo dejó claro en televisión: “Todos pensaban que la pandemia acabaría en verano”.

Y la realidad es que así, permitieron una desescalada mucho más acelerada de lo que debería haber sido. Su errónea decisión producirá miles de muertos tirando por la borda el enorme esfuerzo del confinamiento. Pero ninguno dimite. Ni tan siquiera parecen sentir que va con ellos.

Sorprendentemente solo dimiten los técnicos que aciertan: La Dra. Yolanda Fuentes, Directora General de Salud Pública de la Comunidad de Madrid, que se opuso a la rápida desescalada, dimitió a principios de mayo porque en Madrid no se siguieron criterios científicos: “La decisión de cambiar de fase no está basada en criterios de salud”.

Los políticos sesgan a sus técnicos de confianza. Se quedan con los que dicen lo que ellos quieren oír.

Los errores de nuestros dirigentes son incontables: Pese a conocer la transmisión aérea del coronavirus, tampoco tomaron medidas para evitar la masificación del transporte público (autobuses, metros, trenes…). No reforzaron el sistema sanitario como era debido. Ni siquiera contrataron a suficientes rastreadores. Podríamos seguir. Su inepcia tiende a infinito.

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Los culpables (II)

Pero hay una segunda causa, tan importante como la primera:

El comportamiento por parte de la población, entre estúpido y criminal, no fue, ni está siendo, mucho mejor que el de los políticos. No solo no se cumplen las medidas más elementales sobre el uso de mascarillas, la distancia de seguridad y la limitación de contactos, sino que se practica un ocio absolutamente irresponsable con proliferación de botellones, fiestas, bares sobresaturados.

Lo peor es que incluso los infectados no guardan cuarentena. Se estima que hasta 1.500 personas contagiadas se saltan el confinamiento a diario en Madrid, en una muestra del peor desprecio por la vida de sus semejantes.

Y el colmo de la estupidez está en la sorprendente proliferación de los negacionistas.

Con esta perspectiva, el otoño se perfila como una época nefasta.

Hay ejemplos a imitar

Sin embargo, para hacerlo bien solo hay que fijarse en quienes han gestionado con éxito la pandemia. China, el país donde empezó la Covid-19, con elevadísimas densidades de población, ciudades enormes, transportes masificados, etc. consiguió vencer al coronavirus. Su secreto fue el confinamiento, extremadamente riguroso, de grandes áreas.

Resulta mucho más efectivo confinar muy estrictamente durante poco tiempo que hacerlo de forma laxa durante mucho más. En este sentido la desastrosa situación de Argentina, sometida desde hace 6 meses a un confinamiento que muchísimos se saltan, es la prueba.

Países tan diferentes como Nueva Zelanda o Vietnam consiguieron excelentes cifras sobre todo controlando estrictamente el turismo y el ocio.

Si políticos y ciudadanos seguimos empeñados en negar la evidencia científica, la Covid-19 va a traer todavía mucho sufrimiento, enfermedad y muerte.

Cambiemos. Es urgente.

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